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El 'Monstruo de Cleveland': el hombre que nunca sintió culpa

Ariel Castro, quien mantuvo prisioneras a tres mujeres en su casa durante diez años, se suicidó creyendo que era inocente.


Noticias RCN

sept 04 de 2013
04:26 p. m.

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Hace dos meses, durante las cuatro horas que duró la audiencia en la que una juez del estado de Ohio le leyó uno a uno los 977 delitos de los que estaba acusado, Ariel Castro solo estuvo a punto de llorar una vez.
Y fue cuando, después de imputarle los delitos de secuestro, homicidio, tortura, maltrato sicológico y violación, la juez enumeró los objetos hallados por el FBI dentro de la casa del hombre de origen puertorriqueño, en donde mantuvo encerradas a tres mujeres durante diez años.
Castro, quien tomó la palabra después, admitió que al oír el listado que incluía cadenas y sogas con las que mantenía aseguradas a Michelle Knight, Gina DeJesus y Amanda Berry, para que no escaparan, sintió algo parecido a la nostalgia. Y dijo que tuvo ganas de llorar.
Después de eso juró que él no era un monstruo. Dijo ante la Corte que era un hombre enfermo y que no aceptaba los cargos que se le imputaban, que rechazaba las acusaciones de haber golpeado a Michelle Knight cuando supo que estaba embarazada. Dijo que jamás usó la violencia. Dijo eso, aunque médicos forenses confirmaron que la chica tuvo dos abortos por causa de los golpes que él propinó.
Dijo eso aunque se pudo determinar que varias veces dejó que ella aguantara hambre para castigarla cuando él consideraba que no se comportaba bien.
Castro negó que hubiese violado a las tres mujeres aunque tiene una niña de 6 años con Amanda Berry. Una niña que lo llama papá y que nunca pudo salir a la calle con su madre porque estaba encerrada en la casa ubicada en el 2207 de la Avenida Seymour.
Castro negó que las hubiera secuestrado. Incluso, dijo, y tal vez no le tembló la voz cuando lo hizo, que él solo les estaba enseñando una lección por haberse subido a un auto con un extraño.
La muerte de un monstruo no acaba con el horror
Cuando recibió su condena, Ariel Castro, de 52 años, fue recluido en un pabellón especial en el centro correccional Oriente, en Cleveland. Los directivos de la cárcel ni siquiera lo enviaron al ala donde están los agresores sexuales. 
La condena de 1.000 años que tenía que pagar el antiguo conductor de bus era una condena en solitario. Aparte, alejado, aislado, igual que si fuera un animal rabioso. Pero nadie temía que Castro usara los dientes y las garras para atacar como hizo cuando estaba libre. No. Temían que alguien asesinara al tipo de apariencia bonachona, que tiene esa expresión inocente en el rostro, como de cura de la parroquia local.
Castro estaba aparte, solo. Cada 30 minutos un guarda pasaba a verlo. Pero el tipo que mantuvo encerradas a tres mujeres por diez años en su casa no se creía culpable. No estaba convencido de que tuviera que pasar por el infierno del aislamiento igual que él hizo con ellas.
A las 9:20 de la noche del martes 3 se septiembre se ahorcó con una de las sábanas de su celda. La autopsia revelada este miércoles confirmó el suicidio.
¿Por qué se mató? ¿Por arrepentimiento? ¿Por vergüenza? Un hombre que ha dedicado su vida a navegar en las turbulentas aguas de la mente humana, el siquiatra Hernán Rincón, jura que Castro no se suicidó por ninguna de esas razones.
No por arrepentimiento, no fue un acto de contrición. Fue orgullo, dice Rincón. Castro se suicidó para dar una última bofetada al sistema penal norteamericano, que lo expuso ante la opinión pública como un trofeo de cazador, que lo hizo aparecer como uno de esos monstruos que se esconden bajo las camas y que todos los niños han aprendido a temer.
El suicidio también fue una bofetada a sus víctimas, una forma de escapar a la profecía de Michelle Knight, quien durante el juicio se presentó en el estrado y le escupió que su infierno apenas empezaba: que él pasaría su vida entera en la cárcel pensando en lo que hizo, mientras que ella se dedicaría a disfrutar de su libertad. 
Para el experto médico, Castro era un sicópata redondo, una persona convencida de que no cometía ningún delito.
Cuando lo capturaron culpó al FBI por haberse tardado diez años en enterarse de que tenía tres rehenes en su casa. Luego dijo que estaba enfermo y finalmente culpó de sus acciones a su supuesta adicción a la pornografía. Igual que si un alcohólico culpara de su condición el haber tomado leche cuando niño.
Y es que Castro era un hombre frío, al parecer sin demasiados escrúpulos. Sus víctimas recuerdan que cada domingo, sin falta, luego de dejarlas amarradas en casa, iba a misa. Y regresaba a orar frente a ellas.
También actuaba como un vecino amigable, que hacía parrilladas y siempre estaba dispuesto a ayudar a alguno de los habitantes de su barrio.
Incluso era un tipo alegre, fiestero. Durante unos pocos meses tocó el bajo con varios amigos, en una banda que tocaba merengue.
Y era querido en su comunidad. Cuando las mujeres desaparecieron, hace diez años, él repartió volantes con las fotos de las niñas, y participó de las reuniones de apoyo que se celebraron para los angustiados padres.
Ariel Castro, el sicópata, era también un tipo minucioso. Jamás entraba a su casa por la puerta del frente y nunca cenaba con su hija mayor, producto de un matrimonio fallido, en su hogar. Siempre era fuera. Le encantaban las hamburguesas de McDonald's.
Además, selló las ventanas y nunca descorría las cortinas. Y para no levantar sospechas, para no parecer un tipo raro, salía al patio a trabajar en su moto. Saludaba a sus vecinos, sonreía. Hacía parrilladas, tomaba cerveza, era bromista y simpático.
Ariel Castro era un maestro del disfraz. Dentro de su casa era un maniaco del control, con problemas de ira. Su matrimonio terminó en divorcio porque maltrató a su esposa varias veces. En una ocasión la golpeó hasta que ella perdió el conocimiento.
Y quería controlar las vidas de sus rehenes. Quería que su mundo girara aldededor de él. Por eso las esclavizaba sexualmente. Les quitó la ropa y las hacía desfilar desnudas.
Era tal el control que llegó a ejercer sobre las tres mujeres que un día invitó a uno de sus vecinos a tomar una cerveza dentro de la casa. Pero las chicas sabían bien que un solo ruido de alerta les podría costar bastante caro. Más golpes, más sogas, más cadenas. Amanda Berry dijo que temía que Castro lastimara a la niña que tuvieron juntos si ella se atrevía a abrir la boca y dar una señal de que estaba en esa casa.
Su suicidio, en parte, tiene que ver con esa manera de verse a sí mismo. Castro pensó que era un hombre que había cometido errores, pero que no merecía pasar el resto de sus días tras las rejas.
Hasta ahora las tres víctimas del llamado Mostruo de Cleveland no han hablado sobre su muerte. Pero el siquiatra cree que con este final no muere el horror. Porque, contrario a lo que queremos creer, con la muerte del monstruo no acaba el horror.
Adolfo Ochoa/NoticiasRCN.com
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