¿Audiencias o citas a ciegas? La justicia que no puede perder de vista a las víctimas
Una cosa es tragarse los sapos de la paz y aceptar que, para intentar pasar la página de décadas de violencia, Colombia tenía que hacer algunas peripecias, pero otra muy distinta, es tragarse ahora los apapachos y las caricias de esta “justicia” cómplice y horrible.
Porque una audiencia de la JEP, o la “JED” como le dicen algunos de sus amantes no debería parecer una cita a ciegas entre viejos conocidos. Mucho menos cuando al frente están antiguos comandantes de una organización responsable de crímenes que no han empezado a cicatrizar si quiera.
Los datos oficiales son brutales: la JEP documenta 21.396 víctimas de secuestro en el caso de las Farc y señala que hubo homicidios, torturas, tratos crueles, violencia sexual y desplazamiento asociados a esa política. Además, la Comisión de la Verdad estimó entre 27.101 y 40.828 niños, niñas y adolescentes reclutados entre 1990 y 2017; Esa despiadada guerrilla representaría entre el 75 % y el 77 % de esos casos.
Ahí no hay espacio si quiera para darle segundos de infamia a alguien que dice haber otorgado “tratos decorosos” a los “retenidos”. El enredo del enredo, incluso editorial para gente que vive en una realidad paralela y justifica los delitos más dolorosos e inhumanos como si estuviéramos hablando de un desfile de modas o un partido de la selección. ¡Les faltó el whisky!
Se entiende la indignación del general (r) Luis Mendieta, víctima de esa guerrilla y secuestrado durante más de once años, ¡once años! De trato digno y decoroso según el líder de esa organización criminal.
Los extractos que hemos conocido de esta cita a ciegas a la que le faltaron las velas, terminó siendo más amable con quien debe responder que con quien todavía carga las consecuencias. Una cosa es garantizar derechos y otra transmitir la sensación de que quienes cometieron atrocidades están en un brunch mientras las víctimas siguen esperando verdad, reparación y dignidad.
Colombia hizo enormes y cuestionados sacrificios para intentar alcanzar la paz. Pero la paz no puede exigirnos otro sacrificio: que las víctimas tengan que tragarse también la indignación de ver una justicia que, por momentos, parece un casting para cabaret.
La reconciliación necesita verdad y compromiso, pero la verdad necesita rigor y consecuencias serias. Nuestra justicia, bien sea la JEP o la ordinaria no puede seguirse prestando para patinar sobre los caprichos de quienes la violan, mientras la víctimas, también son maltratadas y de forma casi más cruel por la misma justicia que debería estar cuidándolos.