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Cuando la capucha pretende derrotar al Estado

Nos hemos dejado meter el cuento que el orden es arbitrario y totalitario, justamente por los mismos a los que les conviene que no exista.


Andrés Hoyos
sept 15 de 2026 07:23 p. m.
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Cuando la capucha se convierte en escudo para la violencia, está bien que el Estado imponga la fuerza necesaria para recuperar el orden. Quien elige la violencia no puede sugerir ser tratado con los derechos que él mismo le roba a la sociedad.

Y es que ya estuvo bien de acostumbrarnos a que en las universidades públicas, en los estadios de fútbol, en Transmilenio, en las calles o en cualquier parte, quienes quieran bloquear a una sociedad; tenemos que salir pues a aplaudirlos, mientras ponen en riesgo a la misma gente con el argumento delincuencial de utilizar el derecho a la protesta como una herramienta para salir a quemar policías, a atracar comercios, a destruir las ciudades o a bloquearnos las vidas.

Por supuesto que acá no nos oponemos a la protesta pacífica y a los llamados cívicos en derecho, pero ya está bueno de aprovecharse de eso para camuflar a unos pocos delincuentes dentro de estas expresiones muchas veces lícitas, pero que infortunadamente terminan en actos vandálicos que ponen en riesgo a la misma sociedad.

Hace bien el presidente De La Espriella en generar un protocolo riguroso para suprimir de una buena vez a tantos barbaros que aprovechan las manifestaciones para sembrar un terror social que, por lo que hemos visto, también ha servido como una vergonzosa estrategia política orquestada en la que han muerto personas que nada han tenido que ver con los temas.

Ya va siendo hora que los que tengan terror al orden sean los mismos delincuentes y no la sociedad civil, desprotegida siempre y a expensas de lo que decidan los que optan por tapar sus caras justamente para poder actuar con la maldad de quien se esconde para dejar en jaque al resto.

Nos hemos dejado meter el cuento que el orden es arbitrario y totalitario, justamente por los mismos a los que les conviene que no exista. Las sociedades, la justicia, los mismos derechos humanos, necesitan un alcance estructural que reconozca que mis derechos están habilitados hasta donde comienzan los del otro; y sin enredos, eufemismos torpes, extrañezas enredadoras, ni tibiezas, debemos evitar categóricamente que las vías de hecho sean las protagonistas de una sociedad que ha vivido toda su vida en guerra, porque no ha podido distinguir y razonar sobre lo bueno y lo malo, sin que alguien nos esté enredando.

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