El primer empleo no puede seguir siendo una promesa
Por: José Leonardo Valencia - Rector nacional de la Fundación Universitaria del Área Andina
En un país donde el trabajo sigue siendo una de las principales promesas de movilidad social, la educación superior ya no puede medirse solo por los diplomas que entrega, sino por las oportunidades reales que ayuda a abrir. Durante demasiado tiempo hemos contado graduados como si esa cifra bastara, por sí sola, para hablar de progreso. Pero la pregunta de fondo es otra: cuántos jóvenes logran convertir su formación en un empleo digno, pertinente y oportuno.
Hoy esa pregunta sigue abierta. Mientras la desocupación nacional cedió al 8,8 % en abril, entre los jóvenes se mantuvo en 16,2 % en el trimestre febrero-abril, según el DANE. Ese contraste revela algo más profundo que una brecha estadística: incluso cuando el mercado laboral ofrece señales de mejora, para una parte importante de los jóvenes el ingreso al mundo del trabajo sigue llegando tarde o no llega en las condiciones esperadas. Detrás de esos número fríos hay trayectorias, esfuerzos familiares, expectativas y frustraciones. Por eso, la discusión ya no puede centrarse únicamente en ampliar cobertura o en sumar títulos. Debe concentrarse en qué tan capaz es la educación superior de abrir caminos ciertos hacia el empleo, la estabilidad y el crecimiento.
La medida ya no es el título, sino la oportunidad
El cambio de fondo consiste en admitir que el valor de una trayectoria no lo define solo el título que la certifica, sino la capacidad real de la persona para aportar, adaptarse y demostrar lo que sabe hacer. Eso obliga a revisar los currículos con honestidad. No formamos ya mecánicos pensando únicamente en sistemas de combustión, sino técnicos capaces de comprender circuitos, sensores y electrónica. No preparamos ingenieros para un único entorno, sino profesionales en condiciones de acompañar una transición energética ordenada. Y no solo para el mercado local: hoy un joven puede formarse en Colombia para trabajar con empresas de cualquier parte del mundo. La clave sigue siendo la pertinencia: que quien se forma en algo pueda, en efecto, ejercer en ello y crecer desde ahí.
La rigidez tampoco ayuda. Necesitamos rutas formativas más flexibles, donde los ciclos propedéuticos, las microcredenciales y la educación a lo largo de la vida permitan sumar aprendizajes y certificaciones según cada proyecto personal. La educación dual, que combina estudio y trabajo, convierte la experiencia en parte del aprendizaje. Y todo debería comenzar antes, con apuestas como el semestre cero, que articulan la educación media con la superior desde décimo y once, para que un joven termine el colegio con una primera certificación que le abra puertas y no solo con una expectativa incierta.
Eso también exige dignificar, de una vez por todas, la formación técnica y tecnológica. Hoy, quien llega al mercado con un título técnico suele recibir una remuneración baja, no porque su preparación sea menor, sino porque el país todavía no reconoce plenamente su valor. En economías como Alemania o Finlandia, países ejemplo y referentes en educación, estas rutas son respetadas, bien pagadas y decisivas para la competitividad. Entre nosotros, en cambio, siguen viéndose muchas veces como trayectorias de segunda categoría. Cambiar esa mirada es urgente, no solo porque son ciclos más cortos y cercanos a las necesidades productivas, sino porque pueden transformar con rapidez la vida de una persona y de su territorio.
Pero este no es un reto exclusivo de las universidades. Es, ante todo, una conversación de país. El Estado, las empresas y la academia deben dejar de encontrarse de forma episódica y asumir una corresponsabilidad real con la inserción laboral de los jóvenes. Se necesita que el Estado incentive esa articulación, que las empresas participen más activamente en la formación y que las instituciones educativas ajusten sus trayectorias a las prioridades de competitividad de cada región. La relación entre universidad, empresa y Estado no puede seguir siendo una fórmula repetida: debe convertirse en una práctica sostenida.
Junto a ello, conviene mirar con más seriedad el emprendimiento. No como una salida retórica frente a la falta de empleo, sino como una ruta que, con formación, acompañamiento y redes, puede generar valor y abrir trabajo para otros. También la inteligencia artificial introduce una exigencia nueva. Algunas tareas cambiarán, otras desaparecerán y muchas se harán de otro modo. Lo que no cambia es la necesidad de formar personas con criterio, valores y capacidad de decidir bien. La educación superior no está llamada a competir con la tecnología, sino a preparar seres humanos capaces de trabajar con ella sin subordinarse a ella.
Esa discusión no es ajena a nuestra experiencia institucional. En Areandina, el 91 % de nuestros estudiantes trabaja, y esa realidad nos obliga a diseñar trayectorias formativas que no la ignoren, sino que la conviertan en parte del aprendizaje. Por eso impulsamos iniciativas como la alianza con Fedegán, que forma técnicos y tecnólogos en producción ganadera mediante programas virtuales dirigidos a zonas rurales. Sabemos, además, que menos de la mitad de los bachilleres del país transita de inmediato a la educación superior —el 45,9 % en 2024, según el Ministerio de Educación— y que demasiados desisten antes de obtener su título. Allí hay una brecha, sí, pero también una oportunidad enorme para hacer las cosas mejor.
Cuando la formación se vuelve pertinente, flexible y conectada con el mundo del trabajo, la universidad deja de administrar expectativas y empieza a abrir posibilidades reales. Porque, al final, el primer empleo no debería seguir siendo una promesa aplazada, sino una de las primeras pruebas de que la educación superior sí está llegando a tiempo a la vida de los jóvenes.