La felicidad en tiempos de IA: sin ética y propósito, la educación se vuelve eficiente, pero vacía
Por: José Leonardo Valencia - Rector nacional de la Fundación Universitaria del Área Andina
En una época que ha convertido la velocidad en virtud, la visibilidad en necesidad y el rendimiento en medida de valor, detenernos a hablar de felicidad puede parecer, para algunos, un gesto ingenuo. Pero quizá sea, justamente, una de las conversaciones más serias y urgentes de este tiempo. No por casualidad, cada 20 de marzo el mundo conmemora el Día Internacional de la Felicidad: porque el bienestar humano no es un asunto privado ni ornamental, sino una pregunta de fondo sobre la sociedad que estamos construyendo y sobre el tipo de vida que estamos ayudando a sostener.
La pregunta adquiere una relevancia particular cuando pensamos en los jóvenes. Nunca antes habían contado con tantas herramientas para aprender, producir, conectarse y ampliar sus posibilidades. Y, sin embargo, pocas veces había resultado tan evidente que disponer de más tecnología no equivale, necesariamente, a encontrar más sentido. La inteligencia artificial acelera tareas, organiza información, multiplica capacidades y transforma la manera en que estudiamos y trabajamos. Pero no reemplaza propósito, valores ni responsabilidad. Eso sigue siendo tarea humana. Y, en buena medida, tarea educativa.
Ahí está, a mi juicio, uno de los desafíos más importantes del presente. Estamos frente al riesgo de formar generaciones altamente competentes para responder, pero no siempre suficientemente preparadas para comprender; jóvenes capaces de adaptarse a entornos cambiantes, pero no necesariamente orientados para decidir bien; personas cada vez más expuestas a la lógica del desempeño, pero con mayores dificultades para construir una vida con dirección, vínculos sólidos y sentido de propósito.
El reto no es rendir más, sino construir sentido
Los datos recientes refuerzan esta preocupación. El World Happiness Report 2025 advirtió que el año anterior el 19 % de los jóvenes adultos en el mundo dijo no tener a nadie en quien apoyarse para soporte social, una proporción 39 % mayor que en 2006. El mismo informe insiste en que el bienestar no depende solo del ingreso o de la eficiencia, sino también de la confianza, de la calidad de las relaciones y de la posibilidad real de recibir apoyo en momentos difíciles.
Ese dato describe mucho más que soledad. Describe una fragilidad de época. Jóvenes hiperconectados, pero no siempre acompañados. Jóvenes con más información, pero no necesariamente con más criterio. Jóvenes que habitan entornos donde la comparación es permanente, la validación externa pesa demasiado y la productividad empieza a confundirse con valor personal. Incluso en medio de esa tensión, la evidencia mundial sigue mostrando que el cuidado importa: ayudar a desconocidos se mantuvo en 2025 un 18 % por encima de los niveles registrados entre 2017 y 2019.
En este contexto, la educación superior no puede equivocarse de misión. Su diferencial no es competir con las máquinas en velocidad. Tampoco prometer que la innovación, por sí sola, resolverá los dilemas humanos de esta generación. Su verdadero valor está en formar personas con criterio, empatía, ética y capacidad de decidir bien. Personas capaces de usar la tecnología sin subordinarse a ella. Jóvenes que sepan distinguir entre información y sabiduría, entre visibilidad y valor, entre éxito inmediato y proyecto de vida.
En Colombia, además, esta discusión tiene una profundidad mayor. La OCDE muestra que el 58 % de las personas dice confiar en otras personas, pero la confianza en instituciones clave cae al 32 % en el gobierno nacional, al 23 % en el parlamento y al 18 % en los partidos políticos. Esa brecha no es abstracta. Incide en la convivencia, debilita la conversación pública y condiciona la manera en que muchos jóvenes se relacionan con el futuro, con los otros y con la posibilidad de construir algo en común.
Por eso, hablar hoy de felicidad también es hablar de pertenencia, de cuidado, de confianza y de propósito. Es preguntarnos si estamos educando para una vida buena o solo para una vida eficiente. Y esa diferencia importa. Porque una educación que olvida formar para el sentido puede producir resultados admirables en apariencia, pero profundamente insuficientes en humanidad.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. Hará muchas cosas mejor, más rápido y con menos fricción. Pero seguirá sin poder responder las preguntas esenciales: para qué aprender, para qué trabajar, para qué progresar, para qué vivir con otros. Si la universidad renuncia a formar en esas preguntas, podrá ganar velocidad. Lo que no podrá garantizar es una generación capaz de sostener una vida plena, responsable y con sentido. Porque una educación sin propósito puede ser muy eficiente, peero también puede estar vacía.