La incertidumbre dejó de ser excepcional: los factores que marcan hoy el mercado de fusiones y adquisiciones
Por: Natalia Ponce de León
Durante los últimos años, el debate público ha tendido a atribuir la dinámica del M&A al gobierno de turno o al clima político local. Si bien la estabilidad institucional y la previsibilidad regulatoria inciden en el apetito inversionista, la realidad va más allá de esta mirada simplista: somos un mercado que está profundamente conectado con variables macroeconómicas globales que escapan al ámbito doméstico.
Una variable a la sombra son las tasas de interés internacionales. En 2023 y buena parte de 2024 fueron determinantes, porque el entorno de tasas elevadas a nivel global encareció el financiamiento y redujo de manera significativa la actividad transaccional. Para los fondos de capital privado, cuya estrategia suele depender del apalancamiento, el aumento en el costo de la deuda implicó menos adquisiciones y mayores tiempos de retención de activos, a la espera de condiciones más favorables para salir.
Este fenómeno también amplió la brecha de valoración entre compradores y vendedores. El mayor costo del capital reduce el valor presente de los flujos proyectados y limita la capacidad de pago del adquirente. Al mismo tiempo, muchos vendedores mantuvieron expectativas ancladas en los múltiplos de años anteriores. Esa divergencia explica buena parte del freno observado en los mercados de fusiones y adquisiciones globales.
Con la estabilización de las tasas a finales de 2024, el panorama comenzó a ajustarse. A nivel internacional, 2025 marcó un repunte significativo en la actividad de M&A a nivel global. Regresaron las transacciones de gran escala principalmente en Estados Unidos, impulsadas por la necesidad de los fondos de desplegar capital acumulado y por el dinamismo de sectores como inteligencia artificial, infraestructura digital y transición energética.
Según los datos de TTR, Colombia mostró una recuperación más moderada. Durante 2025 se registraron 288 transacciones entre anunciadas y cerradas, por un valor agregado cercano a los US$10.039 millones, cifras inferiores a las de 2024. Sin embargo, el análisis sectorial revela tendencias estructurales relevantes: mayor actividad en energías renovables y un movimiento sostenido en software y servicios tecnológicos, sectores alineados con transformaciones globales de largo plazo.
El inicio de 2026 encuentra al país en un entorno de incertidumbre política y económica, tanto local como internacional. Pero esa incertidumbre ya no es una anomalía. Se ha convertido en parte estructural del entorno de negocios. Los inversionistas estratégicos y los fondos de capital privado han tenido que ajustar sus modelos de análisis de riesgo, sus mecanismos de protección contractual y sus estructuras de financiación para operar en escenarios volátiles.
Los primeros meses del año muestran, de hecho, una actividad mayor a la anticipada. El capital no ha desaparecido. Se ha vuelto más selectivo, más disciplinado y más exigente en la estructuración. Sectores como energía, renovables y tecnología continúan atrayendo interés, impulsados por tendencias que trascienden la coyuntura electoral.
El verdadero reto para Colombia en 2026 es preservar condiciones de estabilidad jurídica y claridad regulatoria que permitan ejecutar transacciones con certeza. El capital sofisticado no busca euforia; busca previsibilidad.
El mercado de fusiones y adquisiciones no responde al ruido, sino a fundamentos (aunque el ruido no ayuda). Allí donde existan activos estratégicos, oportunidades de crecimiento y marcos regulatorios claros, el capital encontrará espacio para operar.
En un entorno donde la incertidumbre dejó de ser excepcional, la diferencia marcará la capacidad del país para ofrecer reglas estables en medio del cambio.