CANAL RCN

El problema nunca fuimos nosotras

Hoy no quiero hablar solo de un escándalo. Quiero hablar de algo más profundo: de cómo el acoso se normalizó tanto que muchas mujeres terminamos dudando de nuestra propia incomodidad.


Daniela Fajardo
abr 07 de 2026 12:01 p. m.
Unirse al canal de Whatsapp de Noticias RCN

No es normal que te digan que te ayudan a ascender a cambio de un besito.

No es normal que te hagan sentir que, si no accedes a un beso, a una caricia o a una relación sexual, tu trabajo está en riesgo.

No es normal que te hagan comentarios sobre tu escote, tus piernas o cómo te verías desnuda.

Y, sin embargo, a demasiadas mujeres nos hicieron creer que sí.

Hoy no quiero hablar solo de un escándalo. Quiero hablar de algo más profundo: de cómo el acoso se normalizó tanto que muchas mujeres terminamos dudando de nuestra propia incomodidad.

Creemos que podemos estar exagerando; tememos hablar fuerte, protestar, negarnos con contundencia, por miedo a que nos tilden de exageradas, de locas, de tóxicas, de feminazis; por miedo a que nos echen de nuestros trabajos, por miedo a que nos cierren puertas, por miedo a quedar señaladas; por miedo a que nos etiqueten como peligrosas para contratar porque nos atrevimos a denunciar en algún momento. Llegó el momento en el que el miedo debe cambiar de bando.

Debemos dejar de tener miedo de alzar nuestra voz; las víctimas debemos dejar de tener miedo; deben ser los victimarios quienes tengan miedo. ¡Ya no más!

Durante años, siglos, se ha normalizado tanto el acoso. Es increíble que te digan: “Ay, no digas nada… es que esa persona se crió diferente. Como es viejito, ellos hacen ese tipo de comentarios, pero es solo una broma, tranquila”. Esto jamás debería pasar. ¿Cómo es posible que nos digan que seamos consideradas y que no exageremos ante una clara señal de acoso y abuso?

Nos enseñaron a soportar antes que a poner límites y, lo peor, cuando una mujer se atreve a poner límites, generalmente tiende a ser señalada. Como que es una persona difícil, es una mujer con mal carácter, que se toma todo en serio, que no aguanta una bromita, que es feminazi, en fin…

¿Por qué no, más bien, le pedimos a los victimarios que se guarden sus comentarios, que dejen de acosar a las mujeres que se van en falda, que llevan x o y tipo de escote o prenda de vestir, que guarden sus impulsos y no besen a las mujeres sin su consentimiento, que no toquen a una mujer sin su consentimiento? Es que da rabia tener que decir esto. Es algo tan lógico, tan obvio, que no se debe hacer, que da rabia tener que explicarlo.

Da rabia tener que decir: oye, está mal que hagas comentarios sexistas sobre la ropa de una mujer; oye, está mal que hagas comentarios sexuales sobre el cuerpo de una mujer; oye, está mal que manipules a un empleado tuyo a hacer cosas que no quiere bajo promesas de un ascenso o ayuda laboral; oye, está mal que beses a una mujer sin permiso; oye, está muy mal que toques a una mujer sin su permiso; está mal que intentes drogar o emborrachar a una mujer para tener relaciones sexuales con ella. Eso no deberíamos tener que decirlo.

Y mucho menos tendríamos por qué justificar el porqué no queremos recibir este tipo de comentarios, de miradas asquerosas, de besos en la mejilla insinuantes, de roces indebidos. No es no.

Una mujer no tiene por qué dar explicaciones de por qué no quiere aceptar una invitación.

  • No tiene por qué explicar por qué no quiere quedarse a solas contigo.
  • No tiene por qué explicar por qué no te quiere besar.
  • No tiene por qué explicar por qué no se quiere acostar contigo.

No es no. No es suficiente y no tenemos por qué justificar nuestra voluntad.

Hoy grabo este episodio desde un dolor profundo y un sentimiento de indignación; es que basta ya de tener que estar calladitas para no incomodar, de creer que por alzar la voz vamos a perder respeto, nuestro trabajo o nuestra dignidad. Basta ya de hacer caso. Basta ya de entender a los victimarios.

Como mujer, también he sido víctima de acoso y maltrato. Así que da rabia e impotencia que un hombre diga: “Es que uno ya no puede decir nada, porque entonces ya te van a acusar de violador o maltratador”. No. Esa no es la discusión. La discusión es por qué algo tan básico como respetar a una mujer todavía hay que explicarlo.

No significa que ya no nos puedan decir que estamos bonitas, que ya no puedan decirnos halagos… pero hay una diferencia entre “qué linda te ves hoy” y sexualizarte o invadirte.

Durante mucho tiempo nos hicieron creer que era normal: sentir incomodidad, miedo, asco o culpa frente a comentarios sexuales, miradas morbosas, roces indebidos, besos sin consentimiento, manipulación y abuso de poder disfrazado de halagos, favores o supuestas oportunidades laborales. Nos enseñaron a dudar de nuestra propia incomodidad, a soportar antes que a poner límites, a quedarnos calladas para no incomodar, para no parecer exageradas, conflictivas o “difíciles”.

Y lo más indignante es que, cuando una mujer por fin habla, muchas veces no se juzga al victimario, sino a la víctima: por qué habló, por qué no habló antes, por qué fue, por qué no se fue, por qué no gritó, por qué no se hizo respetar. Ya basta. Las víctimas no deberían seguir cargando con la vergüenza, el miedo y la culpa de lo que otros hicieron. Como si, además de cargar con la incomodidad, el miedo o el dolor, también tuviera que explicar su reacción para que la crean. Ya basta. Las víctimas no deberían seguir justificándose para proteger la comodidad de los victimarios.

Porque respetar a una mujer no debería ser algo extraordinario, debería ser lo mínimo.

Tras de ser acosadas, tenemos que justificar el porqué; tenemos que justificar por qué nos sentimos incómodas, por qué hablamos, por qué callamos, por qué nos dio miedo hablar en su momento. ¡No más!

No era coqueteo.
No era un chiste.
No era una exageración.
Era acoso.

Las víctimas no deberían seguir callándose para proteger la comodidad de los victimarios.

El miedo tiene que cambiar de bando.

Unirse al canal de Whatsapp de Noticias RCN Síguenos en Google News

Otras noticias