CANAL RCN

¿Qué máscara estás usando hoy?

Y casi todos la usamos, todo el tiempo, en casi todos los espacios de nuestra vida.


Daniela Fajardo
abr 24 de 2026 11:38 a. m.
Unirse al canal de Whatsapp de Noticias RCN

Hubo un momento en mi vida en el que me di cuenta de que no era capaz de decir lo que pensaba. Me daba pánico decir algo incorrecto, que la gente creyera que no tenía nada interesante que aportar, o peor, que me tildaran de bruta. Llevaba tanto tiempo filtrando lo que decía según quién estuviera escuchando —y peor aún, callando mis opiniones por miedo— que había perdido el hilo de lo que yo realmente creía. Me había perdido a mí misma. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Eso es una máscara. Y casi todos la usamos, todo el tiempo, en casi todos los espacios de nuestra vida.

¿Cuántas veces hemos modificado quiénes somos para encajar o para controlar la imagen que alguien tiene de nosotros? ¿Cuántas veces dejamos de ser fieles a nosotros mismos por parecer algo que, en esencia, no somos? ¿Cuánto nos hemos enfermado por cargar con una vida que no quisimos elegir?

Las redes sociales han intensificado esto como nunca antes. Se estandarizan comportamientos, se estigmatizan personalidades, se instala un miedo silencioso a salirse de los moldes. Y preferimos adaptarnos. Creamos un personaje con el que creemos que seremos aceptados y llevaremos una vida "normal" y "tranquila". El problema es que ese personaje, con el tiempo, empieza a ocupar más espacio que nosotros mismos. Y eso nos pasa factura.

En familia usamos la máscara de la hija buena: la que siempre está para sus papás aunque ya no aguante con sus propios problemas, la que siente que debe cargarlo todo y no sabe poner límites.

Con los amigos, la máscara del que siempre está disponible, aunque esté mal por dentro. Creemos que decir que no hará que nos vean como malos amigos.

En pareja, la máscara de la relación perfecta: el que nunca siente celos, el que calla lo que le molesta para evitar una pelea, el que no pone límites por miedo a que lo dejen.

En el trabajo, la máscara del súper eficiente: el que siempre dice que sí, el que llega primero y se va de último, el que contesta a cualquier hora, el que sonríe aunque por dentro esté al límite.

La pregunta incómoda es esta: ¿en qué momento del día eres tú?

El costo real de mantener un personaje no es solo el cansancio. Es cognitivo y emocional, y es permanente. Usar máscaras significa vivir con la atención puesta hacia afuera, todo el tiempo. Aprendemos a leer cada señal, cada mirada, cada tono de voz de los demás para ajustar nuestra conducta y controlar su percepción. Estamos en estado de alerta constante, revisando si somos aceptados, si gustamos, si encajamos. Pero casi nunca revisamos cómo nos estamos sintiendo.

Esa energía no es gratis. La pagamos con agotamiento, con ansiedad, con una sensación persistente de que algo no encaja, aunque no sepamos bien qué es.

Y esa misma energía que gastamos leyendo a los demás es la que necesitaríamos para conocernos. Para saber qué disfrutamos, qué nos incomoda, qué no estamos dispuestos a tolerar, qué futuro queremos, cuáles son nuestros límites. Para construir una vida propia en lugar de estar pendientes de lo que pasa afuera, de lo que está fuera de nuestro control.

Hay personas que mueren sin haber tenido esta conversación consigo mismas. Sin haber sabido qué las apasionaba, qué las indignaba, qué pensaban de verdad sobre las cosas importantes. No porque no fueran inteligentes, sino porque gastaron toda su energía vital en ser aceptadas. En no molestar. En encajar. Y cuando uno llega al final sin haberse encontrado, eso no es solo una pérdida personal: es una tragedia silenciosa que nadie nota porque la máscara funcionó perfectamente hasta el último momento. A veces nos metemos tanto en la piel del personaje que creamos, que terminamos creyendo que ese personaje somos nosotros.

Sí, ser nosotros mismos tiene un costo. Nos costará algunas amistades, algunas críticas, algo de rechazo. Pero hay algo que nadie nos dice: no serlo también tiene un costo enorme. Y ese costo se cobra en silencio, durante años, en forma de ansiedad, de frustración, de envidia, de vacío, de una vida que se siente ajena.

La autenticidad no es un lujo ni una moda. Es la única forma de construir algo que de verdad nos pertenezca: relaciones reales, decisiones propias, una identidad que no dependa de la validación de nadie.

Quedaremos con menos personas. Pero serán las correctas. Y lo más importante: nos quedaremos con nosotros mismos. Y eso vale más que cualquier máscara que hayamos usado.

Unirse al canal de Whatsapp de Noticias RCN Síguenos en Google News

Otras noticias