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El partido del Mundial que se juega en la red

La Copa del Mundo es un evento que llama la atención de todos, incluso de los ciberdelincuentes. La anticipación es clave para evitar que el torneo —y las personas— sean víctimas de daños profundos.


Enrique Fenollosa
jun 09 de 2026 05:17 p. m.
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Cuando pensamos en la Copa del Mundo de fútbol imaginamos estadios a reventar, camisetas, caras pintadas con las banderas de las naciones participantes, himnos y pantallas encendidas por todo el planeta. Pero, a partir del 11 de junio, cuando Canadá, Estados Unidos y México sean anfitriones del torneo más grande de la historia, habrá otro campeonato en marcha, menos visible y mucho más silencioso: el de la ciberseguridad.

El deporte debe entenderse como un soft power, que despierta el interés no solo de los fanáticos tradicionales, sino de actores mundiales de gran calibre y de diferentes esferas —incluso ciberdelincuentes—. Un buen ejemplo es la Copa del Mundo, ya que allí se concentran grande sumas de dinero, datos personales, infraestructuras críticas, operaciones logísticas gigantescas y millones de personas conectadas al mismo tiempo.

El Mundial también se disputa en aplicaciones de entradas, sistemas de acreditación, plataformas de streaming, redes de telecomunicaciones, hoteles, aeropuertos, centros de prensa y estadios inteligentes repletos de dispositivos conectados.

En un evento de semejante magnitud las consecuencias de un ciberataque se sentirían de manera muy concreta. Un ataque de ransomware, por ejemplo, puede bloquear sistemas esenciales y exigir rescates millonarios. Traducido a la vida real: acreditaciones que no funcionan, prensa sin acceso a los partidos, proveedores paralizados o estadios con servicios comprometidos justo antes del pitazo inicial.

Algo parecido ocurriría con los ataques de denegación de servicio (DDoS, por su sigla en inglés) que saturan plataformas digitales hasta derribarlas. Si cae el portal de entradas, la aplicación oficial o la plataforma de transmisión, el daño no es solo técnico: se convierte en frustración masiva, pérdidas económicas y un golpe reputacional. En un torneo que depende tanto del ecosistema digital como del físico, dejar a millones de personas sin acceso a información, boletos o señal puede ser tan grave como un apagón en el estadio.

Y luego está el fraude, quizá la amenaza más democrática porque alcanza a cualquier persona. Cada gran evento deportivo dispara una avalancha de correos falsos, rifas inventadas, páginas clonadas y promociones irresistibles. Un aficionado desesperado por conseguir entradas, un periodista que recibe una “acreditación urgente” o un voluntario que abre un enlace confiando en un mensaje que parece oficial: todos pueden caer. El entusiasmo colectivo es terreno fértil para el engaño.

El problema no termina ahí. Los países organizadores recogen enormes cantidades de información: pasaportes, datos biométricos, medios de pago, credenciales de acceso e itinerarios. Todo eso vale oro para mercados clandestinos en los que los datos se compran y se venden. Un robo masivo no solo abre la puerta al fraude económico, también puede derivar en suplantaciones de identidad y chantajes. En otras palabras, la seguridad digital del Mundial también es una forma de seguridad personal.

Además, un Mundial depende de una cadena inmensa de terceros como hoteles, transportes, catering, seguridad privada y operadores tecnológicos, entre otros. Muchas veces el atacante no entra por la puerta principal, sino por una lateral: un proveedor pequeño con menos defensas. No basta con proteger el centro del sistema si todo alrededor sigue siendo vulnerable. Una sola grieta en la cadena puede comprometer una operación gigantesca.

Hay además un frente que no suele medirse en servidores sino en percepción pública: la desinformación. Un rumor falso sobre un atentado, una supuesta cancelación de vuelos o una campaña para desacreditar a un país anfitrión puede propagarse en minutos y provocar pánico real. En la era de las redes sociales, la seguridad no consiste solo en mantener encendidos los sistemas, sino también en defender la confianza colectiva.

Por eso el gran error sería tratar la ciberseguridad como un asunto reservado a ingenieros. No lo es. Es una cuestión de gobernanza, coordinación y anticipación. La preparación seguramente comenzó años antes, con centros unificados de monitoreo, intercambio de inteligencia, controles estrictos de acceso, simulacros de crisis y una disciplina básica que todavía muchas organizaciones subestiman: capacitar a las personas, porque el eslabón más débil no suele ser una máquina, sino alguien que hace clic donde no debe.

La Copa del Mundo 2026 será una celebración monumental del deporte y, al mismo tiempo, una prueba de madurez para gobiernos, empresas y organizadores. Ganar ese partido invisible exigirá algo más que software de última tecnología: necesita liderazgo, coordinación entre lo público y lo privado, vigilancia permanente y una comprensión sencilla pero crucial de nuestro tiempo.

Hoy, proteger un torneo también significa proteger su información, sus servicios y la experiencia de millones de personas. En el fútbol, los campeonatos suelen definirse por detalles, en el universo digital también. Además de levantar la copa, otro trofeo de gran valor es evitar que el espectáculo más grande del planeta quede a merced de quienes juegan a destruirlo.

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