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La amenaza de la desinformación y la propaganda

Colombia está cerca de embarcarse en un nuevo proceso electoral, en un escenario en el que la desinformación que se propaga por el ciberespacio juega un papel definitivo. ¿Hay cómo protegerse?


Enrique Fenollosa
feb 02 de 2026 11:19 a. m.
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El uso —y abuso— de la información para alcanzar objetivos políticos, económicos o militares es tan antiguo como la guerra. Desde el viejo Sun-Tzu hasta los conflictos actuales, la información es poder y, en algunos casos, es incluso más útil que los tanques o los fusiles.

A su vez, la propaganda es un elemento clave de la guerra psicológica y así se ha explotado para conseguir objetivos. En el ciberespacio la propaganda se propaga y amplifica rápidamente y la atribución es difusa. Además, se genera tanta información (y desinformación) que no es posible profundizar en los detalles, por lo que todos nos centramos en los titulares.

Esta situación es la tormenta perfecta para los actores de amenazas y sus campañas de propaganda, una alerta que resuena con fuerza en Colombia, justo cuando está por embarcarse en un nuevo proceso electoral.

En la historia de la humanidad, ningún medio de difusión ha sido tan rápido como lo es hoy el ciberespacio. Por eso, con el auge de la conectividad, las operaciones de información en general —y la guerra psicológica en particular—, han aumentado en cantidad, pero sobre todo en su impacto.

El ciberespacio es un campo de batalla de la información, no solo para las operaciones ciberespaciales (relacionadas con el ciberespionaje o el ciberataque) sino también para las operaciones psicológicas. Las campañas de influencia se realizan a través de redes sociales, foros en línea o identidades digitales falsas.

Mientras que la propaganda o la guerra psicológica son tareas más complejas, la desinformación desestructurada es fácil per se. Una opinión pública polarizada y una sociedad centrada en los titulares, sin profundizar en los detalles de una información, son una combinación perfecta para la desinformación.

Acontecimientos importantes como la pandemia del Covid-19, teorías de la conspiración e incluso acontecimientos geopolíticos son aprovechados por agentes de influencia, tanto extranjeros como locales, para difundir desinformación e influir en la opinión pública.

En 2019, Insikt Group, la división de investigación de amenazas de Recorded Future, publicó un informe en el que analizaba los servicios de desinformación disponibles públicamente, desde sus técnicas hasta su precio. Con una empresa falsa como objetivo, contrataron servicios de desinformación para influir en la opinión, tanto positiva como negativamente. Por unos 6.000 dólares, los investigadores no solo rastrearon ‘granjas de trolls’, sino que también dieron luces sobre el reducido costo económico de estos servicios.

Seis años después, seguro que las tácticas de influencia —y quizás, los precios— han evolucionado. Si esta investigación se realizó con una pequeña cantidad de dinero de una empresa privada, ¿qué podría hacer organizaciones con presupuestos mayores? Como en muchas otras operaciones en el ciberespacio, nos enfrentamos a la asimetría: un adversario que en el mundo real no se tendría en cuenta, se convierte en una amenaza latente en el ciberespacio.

Todos los países del mundo —incluido Colombia, por supuesto— tienen que lidiar con dos grandes esfuerzos propagandísticos: las campañas de países extranjeros y las campañas internas. Ambas utilizan los mismos medios para propagarse (plataformas en línea, redes sociales, televisión, periódicos, etcétera) e incluso ambas utilizan las mismas narrativas. Ambas son inquietantes, y ambas pueden influir negativamente en la opinión pública y sacudir la democracia.

La desinformación no es un problema abstracto: es un arma de guerra híbrida utilizada por agentes estatales y privados para desestabilizar los mercados, erosionar la confianza y manipular la opinión pública. Para los líderes empresariales y gubernamentales, no reaccionar a tiempo significa perder el control de la narrativa y la percepción de sus organizaciones.

Tradicionalmente, ni las empresas ni los gobiernos cuentan en sus equipos internos con las herramientas para hacer frente a los problemas que plantea la desinformación. Es vital entonces encontrar aliados que cuenten con la experiencia suficiente para anticiparse y entender estos riesgos, así como con las soluciones integrales para afrontar cada desafío, en un escenario tan volátil como el que vivimos. La amenaza de la desinformación y la propaganda es real y evidente, por lo que urge actuar antes de sucumbir ante este fenómeno.

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