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La cultura del “todo vale”: el verdadero enemigo del Metro de Bogotá

Los colombianos tenemos un talento especial para destruir lo construido con esfuerzo colectivo. Lo demostramos con TransMilenio, con las basuras y con el espacio público cada día. El Metro todavía no ha abierto sus puertas y ya tiene enemigos declarados, ¿vamos a seguir repitiendo el ciclo?


Gloria Díaz
jun 04 de 2026 12:21 p. m.
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El mayor enemigo del Metro no es el retraso de las obras, la financiación o la política. Somos nosotros mismos. Ninguna obra pública, por moderna que sea, resistirá a una cultura que normalizó colarse, destruir, ensuciar, vandalizar y justificar el daño a lo público como una forma de protesta. El Metro avanza en su construcción, pero ¿estamos formando ciudadanos a la misma velocidad? Bogotá tiene hoy la oportunidad histórica de hacer las cosas diferentes con el metro, sin embargo, eso no va a ocurrir solo con buenas intenciones ni con campañas de comunicación. Por ello, va a requerir cultura, pero también autoridad.

Existe una idea sencilla del ecólogo Garrett Hardin llamada “la tragedia de los bienes comunes”. Se resume en que cuando algo es de todos, muchas personas terminan actuando como si no fuera de nadie. Por lo que cada uno busca su beneficio inmediato, aunque eso termine destruyendo el bien colectivo. Eso es exactamente lo que ocurre cuando alguien se cuela en TransMilenio porque “es solo es una vez”, cuando bota basura a la calle porque “igual alguien la recogerá”, cuando destruye una estación porque “es del Estado” o cuando grafitea una fachada ajena creyendo que está “ejerciendo un derecho”. El resultado es siempre el mismo, que todos terminamos pagando el costo de unos pocos.

Bogotá lleva 25 años viendo esa tragedia repetirse con TransMilenio. Solo en 2025 fueron vandalizados 1.510 buses y 10 estaciones del sistema, dejando más de cien personas lesionadas en hechos asociados a disturbios y violencia. Entre 2023 y 2025, cerca de 3.920 buses fueron atacados. Esto significa menos servicio, más retrasos, más costos para la ciudad y más dificultades para millones de usuarios juiciosos que sí cumplen las reglas. Lo preocupante es que parte de la sociedad todavía observa estos hechos con permisividad, como si destruir lo público fuera una expresión legítima de inconformidad y no una agresión directa contra los ciudadanos que dependen diariamente del transporte público. En este sentido, la “tragedia de los comunes” explica por qué TransMilenio termina rayado, sucio y destruido, porque la gente no siente que sea de ella, no hay consecuencias visibles para quien lo daña y nadie ha construido el vínculo emocional o el sentido de pertenencia entre el ciudadano y el bien colectivo.

Por esta razón, es preocupante el mensaje que se envía desde algunos sectores políticos cuando se minimiza el respeto por los bienes comunes. Hace poco el propio Presidente de la República afirmó que las fachadas están regidas por normas públicas y reiteró que son “públicas” en medio de la polémica por ataques vandálicos contra sedes políticas, espacio público y establecimientos privados. Más allá del debate jurídico, el problema es cultural. Porque una sociedad donde los límites de la propiedad, el respeto y la convivencia se vuelven ambiguos termina normalizando conductas que destruyen la confianza colectiva. Incluso, encapuchados ya difundieron un video amenazando con vandalizar los nuevos vagones del metro, así como lo han hecho con TransMilenio. La destrucción de lo público se ha normalizado como forma de protesta y quienes la ejercen rara vez pagan consecuencias reales. Es claro que ninguna democracia puede fortalecerse cuando el mensaje que reciben los ciudadanos del propio Jefe de Estado es que dañar, marcar o apropiarse de lo ajeno puede justificarse por razones ideológicas. Con eso está diciéndole a quienes ya tienen el impulso de vandalizar que tienen respaldo desde el poder. En este sentido, lo público debe protegerse, no romantizar y mucho menos normalizar su destrucción.

Sin embargo, aquí aparece una de las grandes contradicciones de Bogotá. La Encuesta Bienal de Cultura Ciudadana reveló que el 68,8 % de los bogotanos se siente orgulloso de vivir en la ciudad y que siete de cada diez personas quieren usar el Metro cuando entre en funcionamiento. Además, el Índice de Cultura Ciudadana mejoró frente a la medición anterior. Es decir, existe un creciente sentido de pertenencia. No obstante, ese “orgullo” todavía no se traduce en cultura ciudadana. Seguimos viendo basura fuera de horario, deterioro del espacio público, evasión de pasajes y vandalismo. Así pues, el problema de Bogotá no es únicamente de infraestructura, es de coherencia entre lo que decimos sentir por la ciudad y lo que hacemos con ella todos los días.Una de las cosas que le hace falta a Bogotá es construir una cultura ciudadana que le dé a la gente una razón emocional para cuidar lo que es de todos. Un claro ejemplo es el Metro de Medellín, lleva décadas siendo referente de esto en Colombia y Latinoamérica, no porque Medellín sea una ciudad sin problemas, sino porque desde el primer día trabajaron la Cultura Metro como un proyecto de identidad. El Metro de Medellín ya no es solo un sistema de transporte, se convirtió en cómo los paisas se explican a sí mismos, es motivo de orgullo, es un bien que la gente siente suyo de una manera que va más allá de cualquier espacio u obra pública. Bogotá puede construir algo así.

Por esta razón, la Cultura Metro debe comenzar antes de que entren en funcionamiento los trenes. Las campañas pedagógicas impulsadas por el Distrito deben partir de la idea de que el Metro no es solamente un sistema de transporte, sino un acuerdo de convivencia. Respetar filas, ceder el asiento, no comer, fumar, consumir alcohol o sustancias dentro de los vagones, cuidar las estaciones, pagar el pasaje y pensar en el otro son las bases de una ciudadanía moderna y una ciudad que cuida y respeta su infraestructura. Sin embargo, la pedagogía sola no basta. La cultura ciudadana debe ir acompañada de autoridad. Quien destruye lo que es de todos debe enfrentar consecuencias reales, porque la construcción de convivencia necesita educación, pero también límites claros y sanciones.

Finalmente, el Metro es la obra pública más importante de la historia reciente de Bogotá, pero su verdadero éxito no se medirá únicamente en kilómetros de viaducto ni en cantidad de pasajeros. Se medirá en algo mucho más difícil: nuestra capacidad para entender que lo público también es nuestro y que está en nuestras manos cuidarlo. Que una estación limpia vale tanto como nuestra propia casa. Que un vagón sin grafitis también refleja nuestra cultura. Que respetar una norma no es obedecer al Estado, sino respetar a los demás. Si Bogotá logra que cada ciudadano sienta que el Metro le pertenece, habremos ganado mucho más que un sistema de transporte. Habríamos superado, por fin, la “tragedia de los comunes”. Porque una ciudad avanza cuando sus ciudadanos dejan de preguntarse qué pueden sacar de ella y empiezan a preguntarse qué pueden hacer por ella.

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