Córdoba bajo el agua: la tragedia que sí se podía evitar
Lo más incómodo es que el riesgo era conocido. Estos eventos no son impredecibles en su existencia, sino en su magnitud.
En Córdoba no “simplemente llovió”. Lo que vimos fue la combinación peligrosa entre un evento meteorológico intenso y una fragilidad construida durante años. Un frente frío en el Caribe colombiano intensificó lluvias, vientos y crecientes de ríos, desencadenando inundaciones severas desde zonas costeras hasta el sur del Caribe. Pero reducir lo ocurrido a un capricho de la naturaleza es una forma cómoda y profundamente injusta de mirar la realidad.
Los frentes fríos en el Caribe no son una anomalía. Generan aumentos de lluvias, vientos fuertes y oleaje. Lo que sí es cada vez más anómalo es su intensidad, su imprevisibilidad y su frecuencia. El cambio climático está alterando los patrones históricos de lluvia y sequía, haciendo que estos fenómenos sean más extremos, incluso en épocas tradicionalmente secas. El clima está cambiando. Y Colombia, especialmente el Caribe, está entre las regiones más vulnerables.
Pero el clima no actúa en el vacío
Las inundaciones no solo se explican por la lluvia. La deforestación, la ocupación de zonas inundables, la degradación de humedales, la falta de ordenamiento territorial, la débil adaptación climática y una gestión del riesgo que suele activarse tarde amplifican los impactos. Cuando el río Sinú se desbordó, no solo arrasó con carreteras y viviendas: dejó comunidades incomunicadas, familias desplazadas, cultivos perdidos y medios de vida destruidos. Más de 140.000 personas damnificadas. Municipios enteros bajo el agua. No son cifras frías. Son vidas interrumpidas.
Lo más incómodo es que el riesgo era conocido. Estos eventos no son impredecibles en su existencia, sino en su magnitud. La tragedia, en gran medida, no tenía por qué pasar. Esto no es solo un fenómeno natural: es una emergencia climática agravada por la falta de adaptación y por decisiones o la ausencia de ellas, que dejaron a comunidades y ecosistemas sin protección.
Proteger a las personas frente al clima también es una decisión política
No es normal que comunidades enteras pierdan sus casas cada vez que llueve fuerte. No es normal que las lluvias se traduzcan en enfermedades por agua contaminada, proliferación de vectores, inseguridad alimentaria y desplazamiento. No es normal que la adaptación climática siga siendo una promesa lejana mientras las emergencias se repiten.
Y, sin embargo, corremos el riesgo de normalizar. La crisis en Córdoba revela una verdad incómoda: cuando se ignora el clima, se debilitan los ecosistemas y se abandona la prevención, el desastre deja de ser excepcional. Se vuelve cíclico. Predecible. Socialmente devastador.
Paradójicamente, este no es un territorio ajeno a la adaptación. Mucho antes de que existieran ministerios o planes de gestión del riesgo, el pueblo indígena Zenú había desarrollado uno de los sistemas hidráulicos más sofisticados del continente. Canales, camellones y drenajes permitían convivir con las crecientes de los ríos Sinú y San Jorge, regular el agua, proteger viviendas y garantizar la fertilidad del suelo.
El agua no era el enemigo. Era parte del sistema de vida
Hoy, tras siglos de degradación de humedales y desconocimiento de estos saberes, la vulnerabilidad crece. Destruimos amortiguadores naturales, ocupamos zonas de alto riesgo y luego nos sorprendemos cuando el agua reclama su espacio.
El debate de fondo no es meteorológico. Es estructural. Va a volver a llover. Habrá nuevos frentes fríos. Llegarán más eventos extremos. La diferencia será si el Estado y la sociedad siguen reaccionando cuando el daño ya está hecho o si, de una vez por todas, la adaptación climática se convierte en prioridad real.
Porque la crisis climática ya no es un escenario futuro. Es una realidad presente que exige decisiones urgentes. Decisiones como fortalecer planes de adaptación basados en ciencia y en soluciones ecológicas, recuperar y proteger humedales que funcionan como barreras naturales frente a inundaciones, ordenar el territorio respetando la dinámica de los ríos y transformar la gestión del riesgo para que la prevención pese más que la emergencia.
La justicia climática empieza por reconocer algo elemental: las comunidades más vulnerables no pueden seguir pagando el costo de la inacción.
El clima está cambiando. La pregunta es si nosotros también.