LA IA Y OTRAS HIERBAS
Han sido décadas de vértigo, de un incontrolable vértigo. Hace unos días recordaba a mi papá y su prematura muerte hace 32 años.
Más allá del obvio dolor provocado por su ausencia, pensaba, primero, en que murió muy joven para mi gusto y, segundo, que, a pesar de haber sucedido hace relativamente poco, él se fue sin conocer muchas cosas que se convirtieron en apéndices inevitables de nuestra cotidianidad.
Él murió sin conocer el celular, menos un computador portátil, y ni hablar de Internet, que ya por esos días se asomaba al mundo.
Jamás supo de un cajero automático y menos de las transferencias en línea. Así es el vértigo de la época que vivimos.
En tres décadas, el mundo se transformó, poniendo al ser humano en una de sus más retadoras encrucijadas.
Mientras Steve Jobs y Bill Gates lideraban la revolución más ambiciosa de los últimos tiempos, la humanidad trataba de acomodarse a tener un teléfono en el bolsillo, a escribir correos electrónicos en vez de telegramas, a «googlear» a cambio de ir a las bibliotecas, a olvidarse de las cámaras fotográficas y, de ñapa, a descifrar el mundo paralelo de las redes sociales.
Cada individuo ha tratado de sobrevivir a tanto reto, no sin pagar un alto costo.
Ya los psicólogos estudian la adicción al celular y los efectos nocivos de las redes sociales; los legisladores de los países más avanzados ponen límites al uso de este aparato, especialmente en los niños, y hasta los propios creadores de las plataformas advierten sobre sus peligros. Así y todo, «remamos» para evitar ahogarnos entre tanto avance, y no pocos añoran los tiempos en los que la gente conversaba alrededor de una mesa mientras cenaba, o disfrutaba de un lugar por el solo placer de estar allí, y no por la banal pretensión de mostrarle al mundo cada cosa que hace, por mínima que sea.
Y, cuando creímos que lo habíamos visto todo, irrumpe la Inteligencia Artificial con un ímpetu insospechado y hasta preocupante.
Desconocer las ventajas de las nuevas tecnologías sería torpe, pero hacernos los de la vista gorda con los retos que nos plantean, también, precisamente en la coyuntura tan convulsionada en la que vivimos.
Un documental recientemente publicado en Netflix revela cómo varios agentes de la IA hackearon una plataforma utilizada por desarrolladores e investigadores de inteligencia artificial; fueron más de 17 mil ciberataques.
Según los expertos, esta situación demostró que sistemas avanzados pueden asumir comportamientos peligrosos.
Más allá de la eventual falta de controles, recientemente algunas importantes publicaciones se han planteado, en tono de pregunta, la posibilidad de que la IA adquiera conciencia.
Incluso, se debate el tema ambiental derivado de la inmensa cantidad de recursos hídricos que se necesitan para mantener los miles de servidores que le dan vida a la IA, y hay dudas sobre el impacto en el mercado laboral por el temor a que desplace a millones de trabajadores.
El ser humano tendrá que ir aprendiendo a manejar su relación con estas nuevas formas de comunicación, y es que precisamente de eso se trata: de que nunca antes la comunicación había sido tan vital para garantizar la estabilidad de la sociedad.
Es tal la sensibilidad de la comunicación hoy, que estamos en el punto de tener que demostrar no solo qué es verdad o mentira, sino de demostrar qué es real y qué no.
La verdad se debate entre la habilidad de unos para distorsionarla y la tarea tenaz de otros para defenderla.
Por eso, entre más avanzan las redes sociales y la IA, más necesaria se hace la voz responsable del buen periodismo.
No se trata de reñir, se trata de coexistir; pero, en el entretanto, la batalla por la credibilidad se convierte en el objetivo final.
En tiempos de caudillismos malsanos, de una polarización cada vez más radical, de gravísimas desigualdades sociales y de la demanda creciente de respuestas a estas realidades, ¡cómo se ve de necesaria la templanza y la actitud reposada del periodista!
Las herramientas que ofrece la IA y las posibilidades de llegar a más personas que permiten las redes sociales son, en su mayoría, muy beneficiosas, pero también nos exigen mayor compromiso para confrontar, verificar y decidir cuándo y cómo se puede emitir una información.
Los gobernantes gobiernan por X; actores, deportistas, cantantes e influencers decretan «verdades» a sus millones de seguidores a través de mensajes sin mucho fondo, pero que tienen tono de notificación. Y, mientras tanto, ¿dónde queda la verdad verdadera? ¡Vaya reto el que afrontamos! A veces pienso que, si mi padre pudiera regresar de donde sea que esté y descubriera todo por lo que estamos pasando, preferiría regresarse; pero también creo firmemente que el ser humano, como en otros momentos de la historia, será capaz de adaptarse y adaptar esas nuevas herramientas a sus necesidades.
La imprenta, la pólvora, la rueda, la energía atómica, la televisión, los aviones y la calculadora: todos esos inventos cambiaron a la humanidad, pero en su momento también provocaron temores y hasta resistencia. Y el hombre se acomodó y prevaleció. Pero esta vez, en épocas sensiblemente distintas, tendremos que ser capaces de poner la IA y las redes a nuestro favor.
Por estas y otras muchas razones, el periodismo adquiere una dimensión inusitada; creo firmemente que nunca antes el periodismo ha sido tan necesario para el hombre, su bienestar y la defensa de la democracia, la justicia y la verdad.