Mujeres
"Ser mujer en el primer mundo es difícil, pero serlo en el resto del mundo es heroico", dijo alguna vez la socióloga española Ángeles Perillán.
Parastoo Ahmadi tiene 27 años y una voz preciosa. Una voz preciosa y valiente, que la hace aún más poderosa. La artista fue condenada por el régimen de su país, Irán, a 74 latigazos por atreverse a cantar en público sin el velo obligatorio y, además, con un vestido sin mangas.
Lara tiene 13 años, vive en Gaza con su madre y su hermana, en las ruinas de la que alguna vez fue su casa. Su padre murió en un bombardeo de Israel mientras trataba de buscar comida; su tío, quien quedó a su cargo, perdió una pierna producto de la infección provocada por la mordedura de un roedor, de los millones que inundan la ciudad. Aun así, es feliz y espera que algún día cese la guerra y pueda regresar a estudiar.
Anne Carson es poeta y acaba de obtener el Premio Nobel de Literatura. A los 76 años, no sospechaba ni remotamente que iba a obtener semejante reconocimiento.
Lian Yunzhi apenas llega a los 6 años y ya tiene dos récords mundiales; logró armar el famoso cubo Rubik en menos de 4.5 segundos.
Rachel Ojuromi vivía en Lagos, Nigeria; convirtió las polvorosas calles del asentamiento donde nació, a las afueras de la ciudad, en una recreación de los desfiles más sofisticados de la alta costura. Sin proponérselo, lo que comenzó como un juego con el que trataba de satisfacer un sueño frustrado terminó siendo realidad. Sus videos fueron vistos en París y así, como solo pasa en los sueños, se convirtió en la reina de las pasarelas y hoy, con 22 años, es la modelo más cotizada de Chanel.
Fariba Hashimi nació en Afganistán. ¿Su meta? Ser ciclista profesional, algo que en el Afganistán de los talibanes no deja de ser una pretensión absurda y blasfema. Cuando salía a entrenar, le lanzaban piedras y botellas y hasta los vehículos la cerraban para hacerla caer. Pero no desistió; tuvo que huir, sí, logró salir de su país disfrazada de hombre, pero siguió montando bicicleta. Hoy es medalla de plata en la prueba de ruta femenina de los Juegos de Asia.
Michaelina Wautier vivió hace 5 siglos en Bélgica, exactamente en Bruselas; era flamenca y una pintora con un talento desbordante. Sin embargo, su obra no siempre se le reconoció. Víctima del olvido, varias de sus obras se le adjudicaron a hombres. Injustamente, así pasaron cinco siglos y solo hasta hace muy poco, varias juiciosas historiadoras y restauradoras lograron poner las cosas en su lugar y establecieron la autoría de algunos de sus cuadros.
El más significativo, "El triunfo de Baco", que reposa en el Museo de Historia del Arte de Viena. Michaelina, 500 años después, vence y logra el lugar que se merece en la pintura.
Mujeres, mujeres de todos los rincones del planeta, de todas las edades, de todas las épocas, de todos los oficios, en todas las circunstancias, mujeres que han sido noticia en los últimos meses.
Las razones son varias: su valentía, su talento, su disciplina, su determinación, y todas dejan una impronta indeleble que difícilmente se borrará en estos tiempos tan crispados por los que pasamos. La impronta de la dignidad. Incluso, a costa de su propia suerte, ninguna de ellas ha abandonado sus sueños y, a pesar de los regímenes autoritarios, de los hombres abusivos, de la discriminación, todas persisten y, de seguro, ellas y las que vienen detrás lo lograrán.
Digo lo lograrán porque, a pesar del paso de los años y las evidentes conquistas de las mujeres en igualdad de derechos, millones de ellas, como a quienes menciono en esta columna, aún deben luchar por el respeto que merecen.
Porque, tristemente, aún no se ha ganado nada; así suene contradictorio, mientras sigamos agrediendo a las mujeres desde el lenguaje o desde lo físico, de un plumazo se destruye lo conseguido.
En Colombia, el machismo es evidente y puede pasar del insulto al puñetazo tan fácilmente que aterra. Se volvió una forma de "criticar" usar calificativos y apodos denigrantes contra mujeres que tienen alguna figuración pública.
Insultan sin distingo a hijas de presidentes, esposas de presidentes, altas funcionarias del Estado, periodistas, congresistas; insultos que solo hablan mal de quien los dice y, por el contrario, engrandece a las mujeres afectadas.
Hombres más bien temerosos que, ante la falta de ideas, echan mano de la grosería y, lo más grave, así mismo podrían pasar a otro tipo de agresión, porque, al final de cuentas, el que es violento lo podría ser, en cualquier caso. Pero hay algo más inexplicable y es que, por cuenta de las "afinidades políticas", otras mujeres terminan aplaudiendo a quien insulta. Cuánta contradicción.
Pero la verdad, y es el fondo de toda esta reflexión, ¿qué puede significar para una mujer como alguna de las que he referido en este texto o cualquier mujer colombiana la patanería de algún "opinador" de X?
Si hay mujeres que han sobrevivido a la muerte de sus hijos, al destierro, al acoso, a la pobreza o al escarnio, ¿qué puede importarles la pequeñez de un insulto?
Por supuesto que las mujeres están demasiado lejos de semejantes bajezas, pero lo preocupante es que sucede y hay personas que sienten que pueden hacerlo y eso habla mal de todos.
Desde los tiempos de Rosa Parks en Alabama o de Esmeralda Arboleda en el Valle o de María Cano en Antioquia y de tantas otras en el mundo entero, las mujeres han reclamado igualdad y respeto; así y todo, hoy, en pleno siglo XXI, hay que recordarles a muchos que no tienen derecho a denigrar de esas conquistas.
"Ser mujer en el primer mundo es difícil, pero serlo en el resto del mundo es heroico", dijo alguna vez la socióloga española Ángeles Perillán. Cómo sería de reconfortante que alguna vez esta frase se convirtiera en historia, que solo fuera una referencia de lo que alguna vez fue.