¡Hay tanto en los silencios!
Charles Spencer comparte su mirada sobre la fallecida princesa de Gales.
¡Hay tanto en los silencios! Y, sin embargo, no los comprenden: los enjuician, los ponen ante los jueces; ante aquellos que nunca callan, que estropean lo que no es de ellos.
Silencios que esperan, que bajan la velocidad aunque el premio sea por andar sin freno.
Silencios que no mienten, que no persiguen, que no confunden. Silencios que gritan lo que quieren, que no mandan dobles señales, que oxigenan.
Silencios que curan, que ponen venditas a las palabras que han sido heridas por aquellos que saltan sobre ellas.
Silencios que acumulan recuerdos. Que los empacan en cajas con letreros que dicen ‘frágil’, para que nada se rompa y se conserve intacto aquello que solo ahí está a salvo.
Silencios nobles, que dan palmaditas en la espalda, que saben lo que son y no dejan de serlo por complacer.
Silencios que algunos confunden con el miedo, cuando lo que han hecho es ataviarse de prudencia y apretarle la mano al autocontrol.
Y también están los silencios maquinados, los no sanos. Silencios calculados, ruidosos como taladros. Pretenden camuflarse, pero no lo consiguen.
Silencios saboteadores, con espinas, hambrientos de hacer daño.
Silencios que estorban, atravesados entre semáforos en verde.
Silencios con sombras, innecesarios.
Silencios que conversan o se enfrentan entre ellos.
Silencios porque… entre enamorados, a veces las palabras sobran.
En esto quedé hilando tras leer “El canto del cisne. Diana, mi hermana”, en el que Charles Spencer comparte su mirada sobre la fallecida princesa de Gales.
El autor de nueve libros no publicó uno sobre ella a los cinco, diez ni veinte años de su muerte. Necesitó casi tres décadas para hacerlo.
“No sé cuánto tiempo me queda para narrar esta historia, así que no me cabe duda de que mi deber es dejarla escrita, a modo de mi propio canto del cisne”, afirmó.
¡Hay tanto en los silencios, poco para entenderlos y demasiado para cuestionarlos!