¿Y si abrimos la gaveta?
La gaveta está llena de aquello que poco contamos: trofeos ya escarchados, memorias de lo que un día fue savia y nos mantuvo plantados.
La gaveta está llena de aquello que poco contamos: trofeos ya escarchados, memorias de lo que un día fue savia y nos mantuvo plantados.
Los adornos están bajo llave y las paredes, pálidas. Las cobijas están dobladas y el frío, erguido.
¿Qué es aquello que guardamos? A veces echamos cerrojo a lo que no necesita candado. Quebramos las alas de la mariposa para no opacar a la oruga. Cruzamos descalzos el terreno empedrado y mantenemos los tenis guardados.
Si ya la pared fue lijada, resanada, sellada, pintada, ¿por qué nos resistimos a que sea decorada?
Abramos las cortinas para que la luz entre a la casa. No llegaremos con linternas a donde los vecinos, pero no envolvamos en organza el sol que reposa en nuestro patio.
Despleguemos las cobijas cuando haya humedad en la leña y se acerque la niebla. Si las sombras pretenden tomar asiento, sacudamos lo que sabemos nos mantendrá abrigados.
Derramemos la pintura, hagamos un difuminado y exhibamos la técnica que tanto nos ha costado. No es vanidad cada brochazo; es el recordatorio de que la restauración lograda no tiene por qué avergonzarnos.
El reloj no se detiene porque cambia la estación: se ajusta. El capullo se hace flor, la abeja poliniza, el oro brilla aunque no lo miren, de la roca surge la esmeralda, y en ellos no hay intenciones distintas a ser lo que son.
En esto quedé hilando tras leer ‘Mi nombre es Emilia del Valle’, de Isabel Allende. La protagonista, por un momento, se permite reconocer uno de sus logros personales y profesionales. Se detiene en el esfuerzo que implicó alcanzarlo:
“Después de entrevistar al presidente, me esforcé en barajar en mi cabeza las contradicciones de este lugar: yo era extranjera en Chile y no podía aspirar a comprenderlo, pero el país me halaba como si de manera misteriosa yo perteneciera a él.
Sentada en mi pieza de la pensión pensé en mi Papo con infinita gratitud. Había viajado desde mi hogar hasta otro hemisferio —gracias en gran parte a la confianza en mí misma que él me inculcó—, me las había arreglado en una tierra extraña donde una mujer sola resulta muy sospechosa y había logrado el acceso a la cumbre del poder. Don Pancho estaría orgulloso de mí”.