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El palacio de Nariño: ¿El palacio de los sueños?

“Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.” (Daniel 2:21)


Hernán Estupiñán
jul 16 de 2026 12:34 p. m.
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Todavía se habla en estos días en Colombia de la transición de gobierno como si fuese algo extraño o ilegítimo que asuma un nuevo presidente de la República, un hecho tan obvio y natural en una democracia. Y este discurso –desde luego caprichoso, equivocado y malintencionado– ha sido expuesto por el huésped que abandona, con el suspirante grupo de sus áulicos, el Palacio de Nariño. ¿Pero hay algo aún más impresentable que los argumentos que esgrimen los que se van?

Es ridículo haber metido al país en discusiones tan vanas como esas de que la posesión debía hacerse en el Capitolio y en la Plaza de Armas, porque resulta inconstitucional que el escenario sea una guarnición militar y que la sede del gobierno tiene que ser la Casa de Nariño, simples protocolos o tradiciones históricas que no apuntan a lo importante: el estado en el que entregan el país. Esta es la esencia de una verdadera transición. La casa de Nariño fue durante estos últimos cuatro años la emulación de El Palacio de los Sueños, la fabulosa novela del albanés Ismaíl Kadaré.

Los editores de Alianza Editorial resumen la historia de El Palacio de los Sueños como un inquietante organismo estatal en el que cada ciudadano está obligado a enviar por escrito un informe de lo soñado durante la noche. El personaje principal es Mark-Alem, vástago de una influyente familia política, promotora de importantes reformas en el seno del Imperio Otomano, quien desde su puesto burocrático debe hacer encuestas sobre los sueños y anhelos de la gente, sobre el ideal de sus vidas, etc. Luego debe clasificar rigurosamente las encuestas por categorías para que una recua de funcionarios del Ministerio del Interior se ocupe de informar al gobernante cuáles son los sueños de sus gobernados, justamente para que no se cumplan: una especie de infierno en el que los sueños y el inconsciente colectivo son analizados y censurados. “Una de las mejores alegorías del poder totalitario”, afirman los editores.

En estos días estuve releyendo una de las fabulosas narraciones de Jorge Luis Borges, a propósito de una justa y cuidadosa edición de los cuentos completos del autor argentino publicados por Alfaguara, que nos sirve de espejo o radiografía para estos días de transición, vale decir de empalme. Me refiero a “Utopía de un hombre cansado”, que inicia con esta sesuda reflexión: “No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma”.

Voy a pedirles que sigan con atención el relato: “El camino era desparejo. Vi la luz de una casa. Me abrió la puerta un hombre, vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. El hombre me indicó una de las sillas. Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Veo que llegas de otro siglo, me dijo…”.

Narra Borges que cenaron con agua y sin pan, y comieron una fruta desconocida. La narración continua así: “Los rasgos de mi huésped eran agudos y tenía algo singular en sus ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver.

Finalmente le dije:

–¿No te asombra mi súbita aparición?

–No –me replicó–, las visitas no duran mucho… Pero no hablemos de los hechos, a nadie le importan… En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido… No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas.

Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien”.

Este personaje sin nombre hace justicia no solo a un hombre enigmático sino desubicado, vanidoso y solitario que no reconoce ni el tiempo ni la historia, ciertamente ni las estadísticas, como tampoco las promesas incumplidas. En esto radica la sustancia del relato, porque, además, en su delirio, el hombre cree en su propia fantasía:

“–Ahora vas a ver algo que nunca has visto –me dijo, y me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de Moro. Y se rio.

–La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios –apuntó.

–En mi curioso ayer –contesté–, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana hay cosas que sería una vergüenza ignorar.

–Todo esto se leía para el olvido –dijo.

–¿Qué sucedió con los gobiernos? –lo inquirí.

–Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos, pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba.

Lo seguí a una pieza contigua.

–Esta es mi obra –declaró–. Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro.

Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco”.

Y el remate de la extraña conversación entre de estos dos personajes, sobre la Utopía, es, sin duda, el de una diálogo entre dos polos opuestos: un hombre vigoroso que repulsa la política y otro, muy distinto, un soñador acabado y delirante que cree, al revés que en la novela de Kadaré, haber edificado un futuro brillante para la humanidad, pero sin ser consciente de que él mismo se encargó de cercenar: “Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos –afirma el indescifrable hombre de la cabaña desolada–; algunos fueron buenos cómicos o curanderos”.

Borges nos encima esta otra frase en su fantástico cuento: “La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”. También por esto es conveniente recordar las palabras del salmista:

Porque del Señor es el reino,

y Él gobierna las naciones.

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