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Hijo de Dios o Hijo del Hombre

“Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino… “ (Daniel 7:13-14)


Hernán Estupiñán
mar 16 de 2026 02:12 p. m.
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Es innegable que Jesucristo es el centro de la historia humana, pero también el principio y la consumación de la fe, que necesariamente es divina. Digo esto antes de que aparezca una nueva película o serie que distorsione la doble condición de Dios y hombre de Jesús, y porque voy a referirme a libros, estos sí, serios y rigurosos, que exploran las raíces del cristianismo.

Los historiadores aceptan, de una u otra forma, la existencia de Jesús por hechos demostrables que cambiaron el rumbo de la humanidad. Por esto, pese a esos rodajes, a veces enriquecidos con escenarios de época pero con especulaciones malintencionadas que circulan especialmente en épocas de Semana Santa, conviene contradecir a los modernos pensadores que, con frecuencia, desconocen el origen de sus propias creencias. El gnosticismo, que por definición equivale al conocimiento de la divinidad, pretendía hallarla intuitivamente en el dualismo: cuerpo y alma como entidades eternamente irreconciliables, cuyo trasfondo era negar la humanidad del Hijo de Dios, o dicho de otra manera no reconocer su condición de Hijo del Hombre. Pregonaban que si el bien (lo divino) y el mal (lo humano) están condenados a vivir separados y Cristo no era hombre sino que lo parecía, entonces no sufrió, no fue rechazado y no murió (porque solo fue espíritu, un ser divino), y en consecuencia no salvó y no resucitó. Esta es la misma tesis del zoroastrismo, el monoteísmo de la antigua Persia, que equivale a decir Zaratustra, nada menos que el germen del gnosticismo.

El advenimiento de Cristo no fue, para nada, un suceso espontáneo. La profecía mesiánica de Daniel le dio cartas al Mesías para presentarse cuando estuviera en la Tierra. El propio Jesús usó, con plena autoridad y convicción, varias veces la expresión para referirse a sí mismo: “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (su humanidad), “El Hijo del Hombre será entregado” (su sufrimiento y su muerte), “Verán al Hijo del Hombre venir en las nubes” (su gloria futura).

Lejos de la interpretación vaticana de que Pedro es el heredero de Cristo en la Tierra, Pablo fue sin duda, después de Cristo, por supuesto, el genuino iniciador del cristianismo. No solo fundó comunidades cristianas (iglesias) a lo largo y ancho de Grecia sino que gritó a los cuatro vientos que el evangelio era también para los gentiles, gentes y ciudadanos diferentes al credo judío, porque si nos atenemos de nuevo a la profecía: “… le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran…”.

En “La historia del Cristianismo”, publicada por el sello editorial Maxi en su versión española, su autor, el historiador británico Paul Johnson, sostiene que la cristología de Pablo, que más tarde se convirtió en la sustancia de la fe universal cristiana, provino de la diáspora y que el mensaje central de la doctrina que proclamaba que Jesucristo murió y resucitó para salvar a la humanidad, tenía –en el siglo inicial–, buenas posibilidades de expandirse porque la atmósfera era la de un movimiento vital en el que muchos hablaban con lenguas y no necesitaba de un control clerical.

Detengámonos por un instante en Roma. Con erudición y acierto, el historiador colombiano Juan Esteban Constaín aborda los orígenes del cristianismo en su extenso ensayo “El Hijo del Hombre” y abarca, como apuntan sus editores del sello Debate, del Grupo Editorial Penguin Random House, desde “la leyenda de Rómulo y Remo hasta el Imperio de Augusto, de la expansión helenística tras Alejandro al conflicto entre los Macabeos y los seleúcidas y del choque entre paganos y judíos a la irrepetible figura de Jesús”. A Constaín lo motiva precisamente lo contrario que a los gnósticos, no duda, o duda muy poco, de la humanidad de Jesús, pero duda, aunque respetuosamente, de su divinidad, de su condición de Hijo de Dios y prefiere analizar al mesías bíblico que desembocó en el formidable relato de la venida de Cristo, que determinó para siempre la historia de la especie humana.

Valoro, entre otros aspectos del libro de Constaín, la amenidad del narrador y su lúcido reconocimiento del papel fundamental de Pablo: “Dentro de ese propósito cosmopolita ––afirma Constaín––, esencial en la construcción del cristianismo, ahí está la verdadera clave de la religión cristiana. La figura de Pablo resulta de una utilidad excepcional no solo por el factor lingüístico, el hecho de que el nuevo apóstol hubiera crecido en un mundo por completo helenizado, sino también, y en la misma línea, por el factor filosófico e intelectual…”. Agrega que “en ese contexto de ardiente efervescencia intelectual, la religión no era menos importante, porque lo que había en el fondo era una profunda búsqueda espiritual”. Y precisamente, apreciado Juan Esteban, si “el fondo era una profunda búsqueda espiritual”, la fe no podía ocupar un plano secundario, pues, como dice el evangelio en el libro de Hebreos 11:6: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Y resulta, cuando menos formidable, el hecho de que aunque Hebreos no es una carta paulina formal, su probable autor haya sido el mismísimo Pablo debido a su gran dominio de la lengua griega.

Tampoco podemos olvidar que, otra vez Pablo, fue quien zanjó la vieja discusión de cuerpo y alma entre los griegos, la relativa enseñanza de los sofistas –el ser o no ser del soliloquio de Hamlet, creer o no creer, esa es la cuestión– con una verdad definitiva, la verdad teológica que contiene la visión trinitaria del Dios de la Creación: en el cuerpo habitan las necesidades, en el alma las emociones y es el espíritu el único lugar donde pude residir la fe. Y la fe de los que creemos en el Hijo del Hombre radica, casualmente, en lo que pasó después de la Cruz, que transmuta a Jesús como el Hijo de Dios.

Es oportuno escuchar este otro relato, que se sitúa entre la decadencia del Imperio Romano y el surgimiento del cristianismo. La historia que nos narra el autor polaco Henryk Sienkiewicz es la de Marco Vinicio, un joven patricio y oficial romano, que personifica el mundo pagano, y Ligia, la hija de un rey extranjero, que representa la pureza y la nueva fe cristiana. Vinicio se enamora de Ligia y, para ganar su amor, debe transformarse espiritualmente, renunciar a la corrupción imperial y abrazar el nuevo credo.

Yo no estoy plenamente convencido de que haya sido exclusivamente el amor carnal y no la fe la que influyó para que Vinicio se haya convertido. Basta este diálogo como botón de muestra para argumentarlo. Pretonio, que era algo así como el árbitro imperial y consejero sentimental de Vinicio, interroga al muchacho sobre sus primeros encuentros con Ligia:

–Dime qué escribió en la arena. ¿Será acaso la palabra amor, o un corazón atravesado por una flecha, para saber si los sátiros han hablado a los oídos de esa ninfa y le revelaron algunos de los secretos de la vida? ¿Cómo no reparaste en estos signos?

–No ignoro que a menudo las doncellas de Grecia y Roma escriben sobe la arena la confesión que sus labios no se atreven a proferir. ¡Pues bien, adivina qué fue lo que sus manos trazaron?

–Si no es lo que yo suponía, no podré adivinar.

–Un pescado.

–¿Qué has dicho?

–Lo que oyes: un pescado.

Ni la arena y, mucho menos, el dibujo que Ligia estampó en el jardín de la casa de Aulio Plaucio, su protector, y Pomponia Grecina, su madre adoptiva cristiana, son gratuitos en esta narración. El pez era el símbolo de identificación de los primeros cristianos, no solo como una forma de protegerse de la persecución del emperador Nerón sino la señal del mensaje de Cristo, la gran comisión: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo”. La gran novela histórica a la que me estoy refiriendo es “Quo Vadis”, cuyo significado en latín corresponde a la pregunta que Pedro le habría hecho a Jesús cuando el apóstol huía de Roma por la Vía Apia: ¿A dónde vas? A que me crucifiquen otra vez, respondió el Señor. Pedro, que había sido pescador de peces, debió haber recordado entonces que su Maestro le dijo que lo haría pescador de hombres.

Ni el tiempo, ni el viento, ni la furia romana podían borrar la huella del pez en la arena, pues Vinicio en su obstinación romántica por Ligia termina conociendo a Dios a través del amor de Cristo y comprende que la nueva doctrina no es un obstáculo para su amor sino una verdad espiritual. ¿Acaso no ocurrió así con el propio Pablo de Tarso, antiguo y acérrimo perseguidor de cristianos?

Para nosotros los cristianos, Cristo cargó, sufrió y trascendió la cruz. Pablo consignó también en el evangelio que “si no creemos en la resurrección, vana es nuestra fe”.

Borges, entre muchos otros escépticos y agnósticos, se encargó de recordar la trascendencia de ese sacrificio en su abrumador poema “Cristo en la cruz”:

No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra… No es un romano. No es un griego. Gime. Nos ha dejado espléndidas metáforas y una doctrina del perdón que puede anular el pasado…

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