Maduro: ¿dictador o ególatra?
Y sucedió que cuando Roboam hubo consolidado el reino y se hubo fortalecido a sí mismo, abandonó la ley de Dios, y todo Israel con él. (Segunda de Crónicas 12: 1)
Muchos dirán que Nicolás Maduro, que ya es pasado pero no Historia, fue las dos cosas a la vez: dictador y ególatra. Pero la otra pregunta es por qué lo hizo. Algunos estudios de neurología sugieren que en la mente de quienes ejercen el poder hay circuitos neuronales que modifican la estructura de la función cerebral, activando redes relacionadas con la toma de decisiones y la consecución de objetivos, que también puede llevar a una disminución de la empatía y la consideración social. Es claro que se obsesionan con el ejercicio de dominar, que encarna muchos otros males: ambición, corrupción, adulación, etc. Razón tenía el Nobel húngaro Imre Kertész cuando afirmó: “A los políticos no los culpes, ellos están enfermos”. “Sin destino”, su admirable novela, relata precisamente los horrores que generaron la destrucción masiva de buena pare de Europa en la época de la Alemania de Hitler. Él mismo fue uno de los prisioneros de los campos de concentración.
El teólogo norteamericano Erwin Lutzer plantea el tema del despotismo de una manera más directa. En el libro “Cuando una nación se olvida de Dios”, publicado por la Editorial CLC, Lutzer estudia siete similitudes entre la Alemania nazi y Estados Unidos (o cualquier nación de hoy), algunas de ellas escalofriantes, y nos advierte que respondamos en consecuencia, porque a principios del siglo XX, esa Alemania no parecía un país al borde del terror mundial, más bien se asemejaba a la América de hoy y, en medio de la descripción de los líos del gobierno, la economía, las trampas legales y la propaganda, el autor señala a Dios como el referente universal para evitar la hecatombe, porque qué es un dictador si no un deformador de los valores morales: mentiroso, perseguidor sin cuartel de todos los que se opongan o no estén de acuerdo con su régimen, un violador sistemático de los derechos humanos que se apega al poder para tapar sus crímenes.
Un autor más cercano, sarcástico e ingenioso, el bogotano Alfredo Iriarte, lo definió muy bien al justificar su novela “El jinete de Bucentauro”, editada y reeditada por Seix Barral y Random House. Iriarte cuenta que un día, andando por los nueve años de edad, le preguntó a su padre: ¿Qué es un dictador? Él le respondió sin vacilar: “Es un fantoche sanguinario”. Su relato se sitúa en el caribeño territorio de la República de Majagual, que no por tratarse de un nombre ficticio deja de contar hechos verosímiles. Como escribió el periodista Alberto Casas Santamaría en el prólogo “es el repaso minucioso por la vida de dos individuos que se conocieron muy temprano. De personalidad muy diferente, cultivaron una sólida amistad que se mantuvo hasta la muerte. Uno sátrapa, el otro inteligente y astuto cómplice. Mientras el uno mata y tortura, el otro diseña estrategias morbosas para consolidar el poder absoluto y satisfacer las ilimitadas pretensiones sexuales de su compañero de pupitre, convertido en jefe de Estado… La locura mayor de Zunzunegui, el cómplice, fue la de realizar un viaje a Alemania para especializarse en la doctrina hitleriana de Goebbels. Había que convencer al pueblo de que no pensara, el presidente Armenteros piensa por usted. Compraron a los miembros de la Academia Majagualense de Medicina para que emitieran un boletín en el cual se certificaba que los neurólogos más afamados habían llegado a la conclusión de que «el hábito nefando de pensar en demasía es una peligrosa semilla de tumores malignos en el cerebro», Armenteros estaba especialmente dotado por naturaleza —igual que Franco, Hitler y Mussolini— para pensar por todos sus gobernados sin detrimento alguno de su salud”. ¿Se les parece en algo a Diosdado o Montesinos? ¿O tal vez a alguien más?
Esta misma idea aparece más clara en “El Palacio de los Sueños”, la maravillosa obra del novelista albanés Ismaíl Kadaré, una construcción fabulosa de una especie de reino de la muerte, de un infierno en el que los sueños y el inconsciente colectivo son analizados y censurados y “se convierten en una de las mejores alegorías del poder totalitario”, como afirman los editores de Alianza Editorial. “El Palacio de los Sueños” es, en la novela de Kadaré, nada menos que el Ministerio del Interior, encargado de encuestar, evaluar y, escúchese bien, frustrar los sueños de los gobernados para mantener el statu quo, es decir el poder a conveniencia.
Así lo advierte el pasaje bíblico: “Porque ellos también se edificaron lugares altos, estatuas, e imágenes de Asera, en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso. Hubo también sodomitas en la tierra, e hicieron conforme a todas las abominaciones de las naciones que Dios había echado delante de los hijos de Israel”. La síntesis del Segundo libro de Crónicas es que el Roboam convertido en rey abandona la ley de Dios, los egipcios saquean Jerusalén y se llevan los tesoros de la casa de Israel y el pueblo se arrepiente y recibe liberación parcial, pero ojo a la sentencia divina: “Sin embargo, serán sus siervos, para que sepan lo que es servirme a mí y lo que es servir a los reinos de las naciones”.
Esta es la conclusión del momento por el que atraviesan algunos países de nuestra América: no es necesario ser un dictador para subyugar a un pueblo con engaños y pillaje, basta con ser un ególatra –como algunos sentados en la silla del poder “pensando por el pueblo”– para tener el cinismo de complacer exclusivamente sus deseos y los de quienes lo siguen y saquear instituciones. A algunos, como a Maduro, hasta les sobró para enviar toneladas de oro a Suiza.