El día después de Petro: ¿oportunidad o incertidumbre?
Gustavo Petro llegó al poder prometiendo cambiar la historia de Colombia. Cuatro años después, es la historia la que comienza a juzgar su gobierno.
Ningún presidente reciente despertó tantas expectativas ni cerró su mandato con tantas preguntas abiertas. Entre avances, promesas incumplidas y escándalos que opacaron su gestión, el país pasa la página e inicia un nuevo capítulo. Pero, la gran incógnita es la misma: ¿este relevo marcará el comienzo de estabilidad y transformación para el país?
El 7 de agosto no solo marcará el cambio de mando. Representará el cierre de uno de los gobiernos más polarizantes de la historia reciente de Colombia y el inicio de una nueva etapa que, como toda transición democrática, despierta esperanza en unos y una profunda preocupación e incertidumbre en otros. Gustavo Petro llegó al poder con un mandato histórico. Fue el primer presidente de izquierda elegido por voto popular en Colombia y, con ello, millones de ciudadanos depositaron en él la expectativa de transformar un país marcado por profundas desigualdades. Nunca antes un proyecto político de esas características había tenido semejante oportunidad. Sin embargo, cuatro años después, la pregunta inevitable es si esa oportunidad estuvo a la altura de las expectativas de los millones y millones de colombianos que en el 2022 le apostaron a su proyecto político.
Sería injusto afirmar que el gobierno Petro no dejó ningún resultado. Así como sería igualmente equivocado sostener que logró la transformación prometida. La realidad, como casi siempre ocurre en democracia, se encuentra en un punto intermedio. Su administración impulsó reformas sociales importantes y logró avances en materia de reconocimiento de derechos, ampliación de algunos programas sociales, posicionamiento de una agenda ambiental y debates que durante décadas permanecieron aplazados en Colombia.
Pero gobernar no consiste únicamente en abrir debates. La llamada "política del cambio" terminó chocando con la realidad institucional, la falta de consensos y los propios errores del Gobierno. Varias de las reformas prometidas fueron modificadas sustancialmente en el Congreso, otras quedaron inconclusas y algunas nunca alcanzaron los objetivos planteados. A esto se sumaron los escándalos por el presunto intento de compra de apoyos legislativos para impulsar las reformas, un duro golpe para un gobierno que llegó con la bandera de la lucha contra la corrupción. Y ni hablar de la "Paz Total", que para muchos terminó fortaleciendo a estructuras criminales mientras la violencia recrudecía en varias regiones del país, aumentando la sensación de inseguridad e impunidad entre millones de colombianos.
A ello se sumó una permanente sensación de improvisación. Los constantes cambios de ministros, las fracturas dentro del gabinete, las tensiones con sectores que inicialmente acompañaron el proyecto político y una comunicación basada con frecuencia en la confrontación terminaron consumiendo buena parte del capital político con el que inició el cuatrienio.
Las investigaciones relacionadas con la financiación de la campaña presidencial, las controversias alrededor de funcionarios cercanos al presidente, los cuestionamientos a algunos nombramientos y las constantes crisis políticas fueron desplazando del debate nacional las reformas que el Gobierno decía defender. En demasiadas ocasiones, Colombia dejó de discutir políticas públicas para concentrarse en el escándalo del día.
Recuerdo una conversación que aún permanece en mi memoria. Durante una entrevista que realicé a Francia Márquez para el noticiero donde trabajaba, al finalizar la conversación me dijo con absoluta convicción:
"Jorge, vas a ver el cambio. Voy a ser la primera vicepresidenta en llegar a los territorios a hacer las cosas diferentes a lo que han hecho las últimas."
Aquellas palabras transmitían ilusión. No eran un discurso preparado frente a las cámaras. Era una convicción personal que, les confieso, alcancé a creer. En ese momento dije: ¿Y si se le da la oportunidad a la izquierda de hacer algo diferente por el país? Cada vez que vuelvo sobre esa conversación no puedo evitar pensar en la enorme oportunidad que tuvo ese gobierno para demostrar que otra forma de hacer política era posible. La historia, lamentablemente, terminó siendo distinta. Las expectativas terminaron diluyéndose entre enfrentamientos internos, polémicas permanentes y personajes que, lejos de fortalecer la credibilidad del proyecto político, lo debilitaron. Quizá ese sea el mayor fracaso del gobierno Petro: no haber logrado convertir una oportunidad histórica en una transformación igualmente histórica.
Hoy el país inicia otro camino. Cerca de 13 millones de colombianos decidieron entregar la responsabilidad del Gobierno a Abelardo de la Espriella, quien fue declarado presidente electo tras una de las elecciones más cerradas de los últimos años. Ese resultado también merece respeto. Para millones de ciudadanos, su elección representa la posibilidad de recuperar la seguridad, fortalecer la economía, restablecer la confianza de los inversionistas, mejorar la relación entre el Estado y el sector empresarial y ejercer una autoridad más firme frente a la criminalidad.
Pero también existen millones de colombianos que observan con preocupación el rumbo que pueda tomar el nuevo gobierno. Temen retrocesos en políticas sociales, ambientales o de derechos que consideran conquistas importantes de los últimos años. Sin duda, Ambas posiciones son legítimas. La democracia consiste precisamente en aceptar que quien gana gobierna, pero también en comprender que quien pierde conserva intacto su derecho a vigilar, cuestionar y ejercer oposición.
Por eso, el gobierno de Abelardo de la Espriella deberá ser observado con el mismo rigor con el que fue observado Gustavo Petro. Ni aplausos incondicionales ni oposición sistemática. Control político serio, periodismo independiente e instituciones fuertes: ese es el verdadero equilibrio de una democracia. Veo este nuevo gobierno como un experimento político nacido del cansancio, la frustración y la indignación que dejó el gobierno saliente, y espero, de corazón, que salga bien. No porque un presidente pueda resolver por sí solo los problemas estructurales del país, sino porque cuando un gobierno acierta dentro de las reglas de la democracia, los verdaderos beneficiados siempre son los ciudadanos.
Colombia necesita menos discursos épicos y más resultados. Menos enemigos imaginarios y más soluciones reales. El tiempo dirá si Abelardo de la Espriella logra capitalizar la oportunidad que Gustavo Petro no pudo consolidar. Porque oportunidades históricas no aparecen todos los días. Y cuando pasan de largo, el país entero termina pagando el costo. Al final, conviene recordar una verdad que suele perderse en medio de la polarización. Ningún presidente, ni Petro, ni Abelardo, ni cualquier otro, cambiará de un día para otro la vida de cincuenta millones de colombianos. Esperar mesías políticos solo conduce a nuevas frustraciones. Los gobiernos importan. Las decisiones públicas también. Pero el verdadero cambio comienza cuando cada ciudadano asume su responsabilidad con el país: respetando la ley, participando, exigiendo transparencia, educando mejor a sus hijos, emprendiendo, trabajando con honestidad y entendiendo que la democracia no termina el día de las elecciones.
El día después de Petro no debería ser el triunfo de unos ni la derrota de otros. Debería ser, simplemente, una nueva oportunidad para Colombia.