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Trabajamos más, pero producimos menos: la paradoja laboral de Colombia

En Colombia hay una frase que parece resumir nuestra cultura: “Al que madruga, Dios le ayuda”.


Jorge Rodríguez Ávila
sept 27 de 2026 12:29 p. m.
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Y sí que madrugamos. En muchas casas el despertador no suena a las seis ni a las cinco. Suena mucho antes... A las cuatro de la mañana ya hay hogares con la luz encendida: alguien pone a calentar el agua, prepara el café, empaca los almuerzos, organiza los uniformes, despierta a los niños y revisa que no falte nada para salir a tiempo a trabajar y a estudiar. A las 5:00 de la mañana comienza la carrera. A las 5:30, las calles ya están llenas y a las 6:00 muchos niños ya están sentados en sus salones de clase.

Así empieza el día de doña María Eugenia, que vive en Juan Pablo Segundo, Ciudad Bolívar, y trabaja en servicios generales en la calle 85, mientras su esposo, albañil, se desplaza hasta la calle 145. Tienen cuatro hijos que estudian desde las 6:00 y pasan buena parte de la tarde solos, esperando a sus padres. Ellos, mientras tanto, atraviesan la ciudad, toman hasta tres buses, enfrentan el tráfico y el frío y, después de una jornada agotadora, apenas logran llegar a casa cerca de las 8:00 de la noche.

Según datos citados por la OCDE, los colombianos nos levantamos, en promedio, a las 6:31 de la mañana, una de las horas más tempranas entre los países comparados. Pero ese promedio esconde una realidad que millones conocen: para quienes viven lejos del trabajo o del colegio, el día comienza mucho antes. Entonces viene la segunda carrera: salir de la casa y enfrentarse a la jungla de cemento. El bus lleno, el TransMilenio repleto, el trancón, la moto que se mete por donde puede, el conductor que pita, el peatón que corre para cruzar, el trabajador que mira el reloj porque sabe que un minuto tarde puede significar un descuento, un llamado de atención o simplemente empezar mal el día.

Todos corremos. Corremos para llegar al colegio. Para llegar al trabajo. Para marcar tarjeta. Para responder un correo. Para entregar un informe. Para vender. Para producir. Para sobrevivir. Y muchas veces corremos también unos contra otros. Nos hemos acostumbrado tanto al afán que pareciera que descansar es perder el tiempo y que trabajar hasta quedar exhaustos es una prueba de compromiso. En Colombia todavía existe cierto orgullo alrededor de decir: “Yo trabajo de sol a sol”, “yo llego primero y me voy de último”, “yo no paro en todo el día”.

¿De qué nos sirve trabajar y madrugar tanto si no logramos ser más productivos?

Colombia es uno de los países de la OCDE donde más horas se trabaja. Los datos de la organización muestran que los colombianos registramos más de 45 horas semanales en promedio, mientras países como Noruega se encuentran alrededor de las 37-38 horas y el promedio de la OCDE ronda las 40. Y aquí aparece la paradoja. Trabajamos más, pero producimos menos por cada hora trabajada.

Todo esto sin contar con los subregistros de informalidad en el país; la vendedora de tinto que está en el semáforo del terminal del sur desde las 2 de la mañana, el vendedor de arepas que se ubica en la Mederi desde las 3am. Según el DANE, entre mayo y julio de 2026, el 54,6 % de las personas ocupadas trabajaba en la informalidad; es decir, más de la mitad de quienes trabajan lo hacen sin las condiciones asociadas a un empleo formal. La brecha se vuelve todavía más grande fuera de las ciudades: en los centros poblados y zonas rurales dispersas, la informalidad llegó al 83,2 %.

En las cifras utilizadas en los análisis recientes sobre productividad, Colombia genera alrededor de US$21 por hora trabajada, frente a cerca de US$71 del promedio de la OCDE. Es decir, nuestro problema no parece ser la falta de horas, es algo mucho más profundo. La propia OCDE advierte que la productividad laboral no depende únicamente del esfuerzo individual. También está determinada por el capital disponible, la tecnología, los bienes intermedios y la eficiencia de las organizaciones.

Por eso resulta interesante mirar hacia países que parecen haber entendido algo que nosotros todavía estamos intentando resolver. Irlanda aparece entre las economías con mayor productividad por hora trabajada. Noruega también está entre las primeras. Luxemburgo, Bélgica, Dinamarca y Suiza muestran igualmente niveles muy superiores a los colombianos.

La comparación debería hacernos pensar. Porque no necesariamente se trata de trabajar más. Se trata de producir más valor en el tiempo que trabajamos. La OCDE señala que en 2024 la productividad laboral medida como PIB por hora trabajada iba desde unos US$18,7 en Colombia hasta US$135,7 en Irlanda, utilizando dólares constantes de 2020 ajustados por paridad de poder adquisitivo. Noruega alcanzó US$99,7 y Dinamarca US$92,2 bajo esa misma metodología.

Podemos tener a una persona trabajando diez horas frente a un computador, pero si debe hacer manualmente cinco tareas que podrían automatizarse, perder dos horas en desplazamientos, esperar respuestas durante días para completar un trámite y trabajar con herramientas obsoletas, esas diez horas no necesariamente generan más valor.

Y aquí aparece otro debate importante. Desde el 15 de julio de 2026, Colombia llegó a las 42 horas semanales como jornada máxima ordinaria, luego del proceso gradual de reducción establecido por la Ley 2101 de 2021. La norma contempla la reducción sin disminuir el salario. Algunos pueden preguntarse: ¿menos horas significan menos productividad?. No necesariamente.

Ya sabemos trabajar más, sí. Lo hacemos desde antes de que salga el sol. El desafío es conseguir que esas horas sean mejores. Que una empresa tenga tecnología para que un empleado no pierda media mañana haciendo un trámite que podría resolver en diez minutos. Que una pequeña empresa pueda acceder a herramientas digitales. Que un trabajador tenga capacitación. Que la infraestructura permita llegar al trabajo sin gastar dos o tres horas diarias en desplazamientos.

¿De qué sirve todo ese sacrificio si como país seguimos produciendo tan poco por cada hora trabajada?

El verdadero salto está en otra parte: más tecnología, mejor educación, más innovación, mejor infraestructura, organizaciones más eficientes y trabajos que generen mayor valor, un ejemplo de ello son las empresas que priorizan el home office cuando lo amerita, antes que someter a los empleados a una presencialidad tóxica. Porque el objetivo no debería ser que los colombianos trabajemos hasta más tarde. Debería ser que podamos trabajar mejor, producir más, ganar mejor y, sobre todo, tener tiempo para vivir.

Porque al final, sí para producir lo mismo necesitamos madrugar cada vez más, trabajar cada vez más horas y llegar cada vez más agotados a casa, quizás el problema no sea que nos falte esfuerzo. Quizás nos está faltando productividad. Porque al final, madrugar no es producir y trabajar más no es necesariamente trabajar mejor.

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