Estados Unidos no es un adversario ni un salvador: es un socio estratégico mal gestionado
Colombia necesita dejar de tratar su política exterior como una sucesión de escenas y empezar a construirla como lo que realmente es: una herramienta de poder que exige método, continuidad y resultados internos.
Durante décadas, Colombia ha tenido una relación ambigua con Estados Unidos. A ratos, una relación de dependencia acrítica. A ratos, una relación de confrontación simbólica. Ambas posturas tienen algo en común: eluden la responsabilidad propia.
Y la pregunta clave no será cómo le fue a Petro en Washington. La pregunta incómoda es otra: ¿qué tan preparado llegó el Estado colombiano a esa mesa? El presidente debe estar a la altura de un mandato democrático. Él representa una democracia en la relación con el país norteamericano y, además, es el responsable no únicamente de una foto histórica, sino de algo mucho más importante para los colombianos: el empleo, la inversión y la estabilidad del aparato productivo.
De acuerdo con cifras de comercio exterior, las exportaciones colombianas a Estados Unidos alcanzaron los 14.335 millones de dólares en 2024, equivalentes a cerca del 29 % del total exportado por el país. Aunque Colombia ha avanzado en la diversificación hacia bienes no minero-energéticos, ese proceso depende de estabilidad, reglas claras y confianza para no retroceder en el acceso a mercados.
Según análisis sectoriales, el 97 % de las exportaciones del sector pesquero colombiano tienen como destino Estados Unidos, lo que lo hace especialmente sensible a cualquier cambio arancelario o giro proteccionista. En plata blanca, un portazo allá se convierte en una crisis acá.
Estados Unidos es actualmente el principal origen de inversión extranjera directa en Colombia, con 5.508,3 millones de dólares en 2024, lo que representa el 39 % del total. Esa confianza existe, pero no es automática: exige seriedad y responsabilidad del Estado colombiano para no espantar capital productivo.
La reunión debe dejar resultados verificables, especialmente tras antecedentes recientes que elevaron el riesgo para los exportadores, como el arancel del 10 % anunciado por Estados Unidos en 2025 en el marco de su guerra comercial global. A una negociación de alto nivel no se va a “dejar constancias”. Se va a defender el trabajo colombiano con una agenda clara y metas medibles.
Estados Unidos no es el culpable de los problemas estructurales de Colombia. Tampoco es el actor que va a resolverlos por nosotros. Es un socio estratégico que ha sido, una y otra vez, mal gestionado.
En narcotráfico, el problema no es que Washington exija resultados. El problema es que Colombia no ha logrado construir una política de largo plazo contra las economías criminales. Seguimos midiendo éxito por hectáreas erradicadas y no por control territorial, justicia eficaz y debilitamiento real de las redes ilegales.
En migración, el error ha sido tratar el tema como un asunto humanitario aislado, cuando en realidad es un componente central de la relación bilateral. Sin coordinación, sin planificación y sin capacidad de anticipación, los costos recaen siempre sobre los ciudadanos.
Y en diplomacia, el péndulo entre alineamiento automático y confrontación ideológica solo ha producido una cosa: desconfianza mutua. Una relación estratégica madura no se basa en afectos ni en choques. Se basa en intereses claros, reglas estables y capacidad de cumplimiento.
Colombia necesita redefinir su vínculo con Estados Unidos desde una lógica adulta: ni subordinación, ni provocación. Estrategia. Eso implica algo que a la política le incomoda decir: la política exterior empieza en casa.
Sin control del territorio, sin instituciones fuertes y sin coherencia interna, ninguna relación internacional funciona bien. Ni con Estados Unidos ni con nadie. Dicho país norteamericano no es un salvador ni un enemigo. Es un socio que exige ser tomado en serio.
La soberanía no se defiende con discursos, se construye con capacidad estatal. Un país sin estrategia exterior termina reaccionando siempre a las decisiones de otros. Colombia no necesita elegir bando en una narrativa ideológica. Necesita elegir método.
Porque en el mundo real, los países que pesan no son los que gritan más fuerte, sino los que saben exactamente qué quieren. Y tienen cómo cumplirlo.