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Bogotá no puede votar otra vez a ciegas

Esta es la investigación que Bogotá necesitaba: una radiografía de su representación actual en el Congreso de la República.


José David Castellanos
ene 27 de 2026 09:47 a. m.
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A la práctica política de que las estructuras con dudosos dineros pongan votos y congresistas en el país, ahora se le suma una práctica legal, pero no la mejor para la representación de las regiones. Es la de conseguir llegar al Capitolio únicamente con likes, con show en redes sociales. Con “tendencias”, pero sin propuestas. Con divulgación digital, pero sin experiencia pública en soluciones para la gente.

Y eso deriva en que, aunque Bogotá elige una de las bancadas más grandes del país en la Cámara, sigue pasando lo mismo: se nos vuelve familiar el nombre de la que más grita, no de quien en realidad responde por la ciudad. Porque tampoco hay. No hay quien defienda a Bogotá y entienda que defenderla es defender al país entero.

Teniendo en cuenta lo anterior, durante meses me dediqué a revisar cómo se movió la bancada de Bogotá desde el 20 de julio de 2022. Busqué proyectos, debates, control político, prensa y, sobre todo, me repetí una pregunta: ¿qué tanto de ese trabajo tuvo a Bogotá como prioridad y no como accesorio? La radiografía fue clara. Y, también, incómoda. Encontré tres tipos de representantes. Los que sí están presentes y trabajan (insisto, poco de eso influye en el progreso de la capital). Los que aparecen a ratos, sin convertir a Bogotá en agenda. Y los que son prácticamente invisibles.

En el grupo de los “activos” hay nombres que, guste o no su postura, se ven en el Congreso. Ahí entran David Racero, Gabriel Becerra y Alirio Uribe, protagonistas de las reformas del Gobierno; Andrés Forero y José Jaime Uscátegui, movidos en control político; Catherine Juvinao y Katherine Miranda, visibles en debates de corrupción y recursos; Olga Lucía Velásquez con perfil técnico; Juan Carlos Lozada y Julia Miranda con bandera ambiental; y Jennifer Pedraza con una agenda fuerte en educación superior. Se mueven, sí, pero, una vez más: ¿cuánto de esa energía se traduce en seguridad, movilidad, vivienda y plata real para la ciudad? Porque uno puede ser activo en el Congreso y aun así dejar a Bogotá (la ciudad que te votó) esperando cuando llega el momento de pelear por lo suyo.

Luego está el grupo “a medias”, que quizá es el que más confusión genera. No son ausentes, pero tampoco logran que Bogotá sea prioridad. Ahí aparece María Fernanda Carrascal, más enfocada en defender las reformas del Gobierno y en la conversación de redes que en una agenda clara de ciudad; María del Mar Pizarro, más recordada por disputas y polémicas que por resultados para Bogotá; Juan Carlos Wills, con intervenciones puntuales sin bandera capitalina sostenida; Irma Luz Herrera, concentrada en la línea de su partido; y Carlos Alberto Carreño, con trabajo en temas generales como la implementación del Acuerdo de Paz. Ese punto intermedio es peligroso, pues da la sensación de representación, pero no construye una bancada útil para Bogotá.

Y está el tercer grupo, el más crítico. Curules que existen en el papel, pero que la ciudad casi no reconoce en liderazgo de debates, leyes o controles políticos con Bogotá como faro. Ahí aparecen Etna Tamara Argote, Heráclito Landínez y Adriana Carolina Arbeláez. Pueden figurar en firmas o ponencias, pero cuando uno mira el periodo completo, está claro que no han dejado un legado notable para la ciudad. Y una curul sin huella, para una ciudad de más de ocho millones de personas, es un costo grandísimo.

Esta radiografía no es una invitación al insulto ni a la cacería. Es un llamado a algo más simple y más serio: en 2026 Bogotá tiene que votar con información, no con carisma. Tiene que elegir con resultados, no con seguidores. Tiene que pensar en una ciudad, no en un personaje. Porque si la capital llega al periodo 2026–2030 con una bancada dispersa, tibia o fantasma, la ciudad seguirá con el freno de mano puesto.

Bogotá no necesita más show. Requiere representación de verdad. Y eso empieza por mirar a la cara una realidad que incomoda: no todos los que ocupan una curul por Bogotá están ocupándose de Bogotá.

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