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¿Qué definirá las elecciones presidenciales en Colombia?

Colombia atraviesa un proceso de reconfiguración política que obliga a releer el país.


Juan Carlos Bolívar
mar 18 de 2026 05:38 p. m.
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Todas las elecciones presidenciales en Colombia han estado atravesadas por un tema dominante que ordena el debate público. Con Uribe fue la seguridad; con Santos, la paz; con Duque, la reacción de sectores inconformes con la implementación del Acuerdo con las FARC. Más recientemente, la elección de Petro estuvo marcada por un país golpeado por la pandemia y sacudido por el estallido social. Esta vez, en cambio, no hay un eje claro que concentre la conversación nacional.

No se trata de ingenuidad. Las encuestas repiten un listado predecible: seguridad, salud, economía y, por supuesto, corrupción. Problemas reales, persistentes y, en muchos casos, agravados en los últimos años. Pero cuando todo es prioridad, nada lo es. La agenda se fragmenta y la discusión pierde foco. ¿Qué debería importar más hoy: la crisis del sistema de salud, el deterioro de la seguridad o la desconfianza estructural en lo público? Tal vez el problema es precisamente ese: hay tanto por resolver que el país no logra ordenar sus urgencias.

En ese vacío, algunos intentan imponer un atajo: reducir la elección al antipetrismo. Es una apuesta cómoda, pero profundamente equivocada. Campañas como la de Abelardo De La Espriella caen en esa simplificación estéril. Apostarle a eso es asumir que el gobierno Petro es apenas un paréntesis, un accidente en la historia política del país. Y esa lectura desconoce una realidad mucho más compleja.

El petrismo no surgió de la nada. Logró canalizar el malestar de sectores históricamente excluidos y convertirlo en una fuerza política efectiva. Ese descontento —que no es un juicio moral sino un dato político— encontró una vía de representación. Negarlo no solo es inútil, es estratégicamente torpe. Entre otras cosas, porque Colombia nunca ha tenido un gobierno que pueda presentarse como irreprochable.

Entender eso es clave. Escuchar a los territorios, reconocer las fracturas sociales y asumir que una parte significativa del país sigue viendo en la izquierda una posibilidad de cambio no es claudicar: es leer correctamente el momento político. Los resultados electorales recientes, especialmente en Congreso, ya lo demostraron.

Entonces, si no hay un tema dominante, ¿qué definirá esta elección? No será un problema específico, sino la capacidad de interpretación. Colombia atraviesa un proceso de reconfiguración política que obliga a releer el país. Las fórmulas tradicionales perdieron eficacia, y quienes insistan en aplicarlas como si nada hubiera cambiado están condenados a quedarse atrás.

La elección no girará en torno a un tema, sino a una cualidad: la capacidad de una candidatura para entender esa transformación. Eso implica no negar la aspiración de cambio que persiste en amplios sectores; reconocer que el pasado no fue necesariamente mejor; asumir errores propios y ajenos; y construir una propuesta incluyente, donde quepan visiones distintas sin necesidad de anularse. También exige superar la dependencia de caudillos y entender que Colombia es más que liderazgos personalistas con pretensiones redentoras.

Sin esa cualidad, el escenario es predecible: más confrontación, más polarización, más escándalos y un país cada vez más difícil de gobernar. Es, de hecho, la única certeza que ofrecen hoy los extremos.

Lo que está en juego, entonces, no es solo quién gana, sino desde qué actitud se gobierna. Reivindicar un valor subestimado en la democracia: la capacidad de cambiar de opinión, de construir desde la diferencia sin caer en la tibieza. Con carácter, sí. Pero también con sentido de realidad. Porque, al final, el desafío no es ganar una elección. Es demostrar que Colombia todavía puede tener futuro.

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