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¿Qué pasa cuando la inteligencia artificial avanza más rápido que su infraestructura?

La palabra “nube” fue útil y fértil para fingir que internet no ocupaba espacio y el progreso era intangible, así, imaginamos que la tecnología había conseguido independizarse de la materia


Karol Franco
oct 29 de 2026 10:55 a. m.
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Guardabamos fotos en la nube, trabajábamos en la nube, y veíamos videos de youtube en la nube. Una gran metáfora, limpia, sin peso, sin territorio y sin cables a la vista. Hasta que la inteligencia artificial rompió la fantasía y nos hizo evidente que la historia estaba incompleta y romantizada.

Trabajo en infraestructura de Inteligencia Artificial en Silicon Valley y acá la conversación actual no gira únicamente en torno a las habilidades de los chatbots, sino sobre algo menos futurista: electricidad, refrigeración, capacidad de cómputo, edificios, terrenos, redes. Esta semana Nvidia volvió a poner en tendencia el concepto de “fábricas de inteligencia artificial” con un anuncio que expone una paradoja: esta infraestructura podría instalarse en catorce días, siempre que el lugar esté preparado. Pero conseguir terrenos, energía e infraestructura puede tardar años. La ironía es enorme, la inteligencia artificial avanza a una velocidad que apenas comprendemos, pero el mundo físico que la sostiene no puede construirse a ese mismo ritmo.

¿En qué momento la “nube” terminó necesitando tanta tierra? ¿Y quién va a controlar la infraestructura que la mantiene viva? La pregunta parece nueva, pero no lo es. La historia de la electricidad ofrece una pista. Cuando Edison inauguró Pearl Street en Manhattan, en 1882, la luz eléctrica fue un espectáculo, sin embargo, su sistema de corriente continua solo podía enviar luz a clientes relativamente cercanos a la central. Había inventado una bombilla extraordinaria, pero si vivías demasiado lejos para encenderla no disfrutabas de la invención. Después vino lo que hoy resumimos cómodamente como una pelea entre Edison y Tesla, la llamada guerra de las corrientes fue más compleja y planteó una pregunta fundamental: ¿cómo se convierte una demostración brillante en una infraestructura capaz de reorganizar una sociedad? La electricidad necesitó redes, transformadores, trabajadores, capital y décadas dedicadas a la construcción. Y cuando esa infraestructura consiguió extenderse transformó el empleo, las ciudades y, finalmente, nuestra manera de vivir.

Tal vez la inteligencia artificial esté entrando en ese momento incómodo en el que una tecnología es capaz de hacer cosas extraordinarias, pero la infraestructura que permitiría desplegar todo su potencial todavía pertenece al mundo anterior. La Agencia Internacional de Energía habla de una nueva “era de la electricidad” impulsada por varios procesos de electrificación y la IA introduce una presión particular: necesita concentrar enormes cantidades de energía y cómputo. No significa que estemos ante una nueva revolución energética. Significa algo más interesante, una tecnología que parecía destinada a volver el mundo cada vez más intangible está obligandonos a construir un mundo más físico para sostenerla. Entonces, volvemos a la pregunta que dejó Pearl Street hace más de un siglo ¿qué ocurre cuando la invención ya llegó, pero la infraestructura capaz de revelar todo lo que puede hacer todavía está en construcción?

La “nube” resulta hoy menos inocente, durante años convirtió una infraestructura pesada, territorial y costosa en una experiencia aparentemente liviana y abstracta. Pero la inteligencia artificial no está haciendo física la nube, está haciendo visible lo que siempre fue físico.

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