Un futuro tejido a varias manos
Hace algunos días recorrimos nuevamente con el equipo de la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca y de la Alcaldía de Fusagasugá las veredas Batán Alto, El Carmen y Santa Lucía.
Allí impulsamos el mejoramiento de la red vial terciaria a través de placas huella para fortalecer la seguridad alimentaria, uno de los hechos metropolitanos que beneficia a esa ciudad que hace parte del esquema de asociatividad.
Los mismos habitantes de la comunidad son los encargados de construir estos caminos con todas las normas técnicas, pero especialmente con un amor inquebrantable por su territorio. Aunque algunos tramos se veían perfectamente terminados, ellos no permitían que los vehículos transitaran aún, pues es necesario esperar el proceso normal de fraguado y curado para así lograr la resistencia adecuada. Son los primeros guardianes de su obra, a través de la cual podrán sacar sus productos agrícolas mucho más fácil.
Pero más allá de eso, lo que me llena de emoción es ver sus sonrisas, porque es inevitable la comparación: la inmensa mayoría son padres de familia y algunos me contaron que, en épocas de lluvia, era frustrante ver a sus hijos llegar con sus uniformes repletos de barro. Incluso, el polvo seco que se levanta de los caminos en temporadas más soleadas también los afectaba.
Ahora, gracias a la vía construida con sus propias manos, esta realidad cambiará. Y ese es el verdadero sentido de lo público y el objetivo de todo lo que hacemos: mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, de las familias. Muy pronto, las vías quedarán plenamente habilitadas para los carros y los niños podrán regresar a casa después de clases sin tantos inconvenientes. Por supuesto, el hecho de contar con mejores condiciones para la salida de los productos les permitirá tener mayores posibilidades de desarrollo. El trabajo de optimizar la red vial terciaria también se replicará en varias veredas de Soacha.
Hace poco vivimos también una experiencia que, desde otra perspectiva, me recordó por qué vale la pena trabajar por una Región que escucha y reconoce a sus ciudadanos. Logramos congregar a más de 120 niñas, niños y adolescentes de 26 municipios de Cundinamarca en la segunda edición del Encuentro Regional de Niñez de la Región Metropolitana.
Fue conmovedor, especialmente porque soy padre de familia, conversar con ellos, escuchar sus sueños, sus propuestas sobre la región que quieren y que ellos mismos ya están empezando a construir desde la manera en la que reconocen sus propios territorios.
Nos contaron que el hecho de sentirse escuchados y de saber que sus ideas pueden transformar las experiencias que viven en sus municipios valió la pena, y esa es la mayor satisfacción. La tienen clarísima y, por eso, son tan importantes estos encuentros que nutren nuestra visión regional. Ellos no son solo el futuro; son también el presente.
Aprovecho para citar otra historia que tiene rostro propio. Desde la Región Metropolitana, junto con Bogotá y Soacha, entregamos más de 200 becas a través de Jóvenes a la E. Hace algunos meses visité a Valentina, una de las beneficiarias del programa que mencioné en mi columna más reciente. Nos recibió en su casa, ubicada en la Comuna 1 de esa ciudad, junto a su mamá, abuela y su bebé.
Su meta es convertirse en la primera profesional de su familia y sacar adelante a su hijo. Mientras tomamos un café, me contó que junto a las fotografías de sus grados de jardín infantil y del colegio que reposan en la sala tiene el espacio dispuesto en el que espera colgar, en tres años, el diploma que la acreditará como administradora de agronegocios. En este momento cursa cuarto semestre y se siente muy orgullosa de sus logros académicos, al igual que sus seres queridos.
Programas como este son producto de una planeación detallada, múltiples reuniones, mesas de trabajo entre asociados y horas de análisis de presupuestos; pero realmente todo cobra sentido cuando esa labor se convierte en oportunidades concretas para las personas y en cambios positivos en su cotidianidad.
La única manera de entender los territorios, de transformarlos y de crear estrategias efectivas que resuelvan problemas y mejoren la calidad de vida de bogotanos y cundinamarqueses es recorriéndolos y hablar con sus habitantes. Conocer los dolores de las comunidades y esos proyectos en movilidad, servicios públicos, seguridad ciudadana, desarrollo económico y en muchos otros ámbitos, que por una u otra razón no han podido ejecutarse, es lo que nos mueve.
El Plan Estratégico y de Ordenamiento (PLANEO) que estamos construyendo con el aporte de la Gobernación de Cundinamarca, Bogotá, Fusagasugá, Soacha, gremios, académicos, empresarios, diputados y autoridades administrativas de varios municipios cundinamarqueses, entre otros actores, no tendría sentido si no cuenta con la voz de los ciudadanos y con la realidad de los territorios.
Porque planear una región no es solamente dibujar sobre un mapa los proyectos que queremos desarrollar. Es escuchar a quienes viven en ella, entender sus necesidades y construir, entre todos, el futuro que queremos.
Aprovecho este espacio para agradecerles a todos y para refrendar nuestro compromiso con la ciudadanía que nos inspira a trabajar por ella. Porque la geografía nos une, pero es la voluntad de trabajar juntos lo que nos hace llegar más lejos.