Cuando la indignación corre más rápido que la verdad
El patrón se repite: una imagen impactante, una sociedad emocionalmente sensible y una conclusión apresurada.
Este fin de semana, mi segundo como jefe de emisión, recibimos una denuncia que puso a prueba algo más que los protocolos periodísticos: puso a prueba nuestro criterio.
Las imágenes que llegaban desde el norte de Bogotá eran impactantes. Un ciudadano extranjero aparecía en el balcón de un edificio junto a un menor de edad. En cuestión de minutos, las redes sociales ya lo habían condenado. La indignación crecía al mismo ritmo que los videos se compartían con la voz de una ciudadana que exclamaba: “lo están violando”.
Y era comprensible.
Colombia arrastra una herida profunda frente a la explotación sexual infantil. Los recientes casos de extranjeros que han llegado al país buscando aprovecharse de menores han generado una alerta legítima y una sensibilidad social necesaria. Basta con revisar las cifras que entrega Migración Colombia: en todo el país más de 70 ciudadanos extranjeros han sido inadmitidos este año por turismo sexual, el año pasado fueron 110 casos.
Pero esa tarde, en la sala de redacción, entendimos que una causa justa también puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
Mientras analizábamos la información con el equipo de periodistas, se abrió un debate inevitable: entre la presión emocional que provocaban las imágenes y la obligación periodística, jurídica y ética de verificar antes de señalar.
¿Qué sabíamos realmente? ¿Qué era un hecho y qué era una interpretación? ¿Existían pruebas o solo sospechas?
Decidimos hacer lo que el periodismo está llamado a hacer en los momentos de mayor tensión: detenernos, contrastar la información y escuchar a todas las partes.
Acudimos a las voces oficiales, consultamos a la Policía, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo, la Alcaldía y seguimos el desarrollo de las investigaciones antes de emitir cualquier juicio.
La decisión fue acertada. Horas después, las autoridades concluyeron que no existían evidencias de abuso luego de someter a los menores a exámenes médicos y psicológicos. El ciudadano, oriundo de Texas, era, esposo y padre adoptante de los tres menores y, según las investigaciones, solo intentaba separar y calmar a uno de los niños durante una discusión familiar.
La alarma resultó ser falsa. Pero la condena social ya estaba hecha.
Mientras observaba todo lo que ocurría, recordé una lección que aprendí en la universidad cuando un profesor nos habló del caso de Orson Welles y la emisión radiofónica de La guerra de los mundos en 1938. Miles de personas creyeron que Estados Unidos estaba siendo invadido por extraterrestres porque el miedo, cuando encuentra el canal adecuado, puede imponerse sobre la razón.
Han pasado casi noventa años desde aquella transmisión, pero el fenómeno sigue siendo el mismo. La única diferencia es que hoy la radio fue reemplazada por las redes sociales.
Bogotá también lo vivió durante la pandemia y las protestas de 2020 y 2021, cuando mensajes sobre supuestos robos masivos en conjuntos residenciales desataron una ola de pánico colectivo. "Se están metiendo a las casas", repetían los audios de WhatsApp mientras las alarmas sonaban y la Policía atendía denuncias que, en la mayoría de casos, terminaron siendo falsas.
El patrón se repite: una imagen impactante, una sociedad emocionalmente sensible y una conclusión apresurada.
La indignación frente a la pedofilia no puede disminuir. Debe ser absoluta y contundente. Pero también debe estar respaldada por pruebas, indicios verificables y procesos rigurosos.
Porque una denuncia sin evidencia no protege a las víctimas; puede terminar creando otras.
En estos años cubriendo la fuente judicial me quedó grabada la frase que me dijo un Magistrado del Consejo Superior de la Judicatura: “la presunción de inocencia no es un privilegio del acusado. Es una garantía para todos”.
Como periodistas tenemos la responsabilidad de no amplificar el ruido. Y como ciudadanos, el deber de entender que compartir una acusación también tiene consecuencias.
La verdad suele llegar más despacio que la indignación.
Por eso, en tiempos donde todos podemos informar y opinar al instante, la sensatez se ha convertido en un acto de valentía.
La moraleja es sencilla, aunque cada vez más difícil de practicar: desconfiemos de las certezas instantáneas.
La indignación es necesaria. La sensatez, imprescindible.